Los medios están perturbados por la mudez del Gobierno. La Sociedad Dominicana de Diarios, Inc., no ha disimulado su ansiedad por el “distanciamiento que muestran los altos funcionarios para evitar ser cuestionados”. Este proceder es sintomático y responde a una socorrida estrategia oficial. Callar es el mejor discurso cuando las circunstancias hablan. Danilo Medina es un cauto administrador de las palabras, y no por prudencia o porque hable con los hechos, sino porque los hechos le roban interés para hacerlo. Se calla cuando no se quiere, no conviene o no hay respuestas; en este momento concurren todas esas razones y una más.

Prefiero que el presidente y sus voceros hagan voto de silencio hasta el 16 de agosto del 2020. Nos evitarían lo que siempre provocan: frustración, encono y el torturante eco de sus bocinas. Ningún gobierno en la historia ha sido tan mediático. Este ha solventado la plataforma de opinión más colosal de todos los tiempos y ha impuesto techos históricos en gastos publicitarios. Su política de comunicación es avasalladora, agresiva e intolerante, procesada en laboratorios de inteligencia estratégica bajo la gestión del equipo de Joao Santana que sigue activo en su trabajo para el Gobierno.

Desde que Danilo Medina decidió reelegirse, se hizo prisionero de su propia culpa. Desde entonces el silencio le acompaña. Y es que pocos gobernantes han sido tan desleales a su palabra. La inconsistencia es el sello de su carácter y accionar políticos. La crónica de su incoherencia es antológica y dudo de que su demagogia sea superada. El pueblo la ha compendiado de forma proverbial en un relato ya cotidiano: desde el “tiburón podrido”, el “rumor” como causa de destitución del funcionario, el “caiga quien caiga” hasta el “dígame, ¿dónde está la corrupción?”.

¿Hablar de qué? No hay dinero para grandes anuncios, ni forma de retener el endeudamiento compulsivo y la corrupción es un tema tabú ¿entonces? Danilo Medina no argumenta, no analiza, no convoca; solo se defiende con la sospecha de que cada pregunta trae una trampa. Contesta de forma tensa, esquiva y apresurada como quien oculta algo que le perturba. Para él, hablar es una molestia, un riesgo, una exposición ociosa o políticamente comprometedora.

El problema de Danilo es que su retórica no convence ni mucho menos entretiene. En sociedades leves a la gente le provoca el espectáculo de las palabras. Nuestra historia ha sido un ilustrado testimonio de ese culto al verbo. Joaquín Balaguer, orador barroco y sinuoso, descubrió que la ignorancia se domaba con el látigo retórico. Su discurso grandilocuente era recibido como bálsamo por una sociedad rural, analfabeta y supersticiosa. Eran tiempos en los que el discurso, antes que una expresión ordenada a un fin persuasivo, servía para ostentar la erudición del orador. En ese entendimiento, más emocional que cognoscitivo entre el líder y la masa, poco importaba su sustancia: lo que pesaba era su efecto en la emotividad popular. Todavía ruge en nuestro pecho el verbo trepidante de Peña Gómez, quien cautivaba desde su enardecida tribuna. Juan Bosch, por su parte, fue el único orador de nuestro tiempo que usó el discurso para persuadir a la verdad más que para estimular impresiones. Su discurso argumentativo, didáctico y formativo nos estrenó en el razonamiento crítico con un lenguaje llano pero provocador. Leonel Fernández acomodaba la retórica constructiva de Bosch con el impresionismo de Balaguer a través de una comunicación afectada, presumida, posada y teórica. Mientras Balaguer apelaba al lenguaje ampuloso y rebuscado, Leonel Fernández, sin apartarse mucho de ese modelo, buscaba impresionar con el manejo sofista de las construcciones conceptuales.

Obvio, a la gente le cansó ese discurso efectista y vacío; demandó una retórica menos rebuscada pero más apegada a la verdad. La sociedad buscaba gerencia y menos palabras. Danilo Medina conectó rápidamente al conciliar los extremos con un discurso no tan tosco como el de Hipólito Mejía ni tan inútilmente conceptuoso como el de Leonel Fernández. Por eso su principal estrategia fue no parecerse a este. Lo hizo de manera metódica, fría y callada. Lo negó en todo sin decir nada. En su primera gestión, el odio en contra del expresidente Fernández sustentó la popularidad de Medina. La prudencia en la palabra le retribuyó con grandes simpatías. Sin embargo, mientras se revelaban sus ambiciones, falsías y descaros, Medina desnudaba su verdadero carácter. Acumuló tantas falacias que prefirió arrinconarse de nuevo en el silencio, pero esta vez no por estrategia sino por necesidad.

Fuera de los discursos de rigor en fechas oficiales, Danilo no ha hablado nada sustancial ni relevante. Una sucesión de tramas políticas lo han callado: desde la conjura en contra de Leonel Fernández cuando trajo a Quirino, la reforma constitucional, la crisis postelectoral, hasta el suplicio de Odebrecht y La Marcha Verde. Más elocuente ha sido su dermatitis, que ha contado con franqueza la revuelta que se bate en sus emociones. Su piel habla por su silencio.

El problema de Danilo es la verdad. Es alérgico a ella; ha sido su karma. Dudo que él se crea. Pedir que hable es ponerlo a mentir o a justificar las que ha dicho. Danilo no escucha; se defiende de él mismo. Mejor así, calladito y nos evitamos las distracciones frente a desafíos tan graves. El país ha sobrevivido a pesar de sus hechos, cuanto más sin sus palabras. El mejor regalo del presidente es su silencio, y felices los cuatro…

taveras@fermintaveras.com

Artículo original publicado en Diario Libre

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