En ruta hacia Santo Domingo me rebasó una ambulancia. Muy a pesar de que los colores convencionales de los vehículos de emergencia responden a normativas internacionales, lo que vi fue una comparsa de carnaval. Una cara hosca e impecablemente fea revestía casi por completo la facha lateral de su carrocería: era la de un legislador, a quien no le bastó el chusco adefesio para rematarlo con el nombre de la fundación aparentemente dueña del vehículo, ¿adivinen cuál?: el mismo del legislador. Aquello era un ego rodante o una grosería motorizada aún más fatídica que la salud de los pacientes transportados. He visto con igual pasmo fotos de alcaldes y diputados entregando chancletas, comida y mosquiteros, y ni hablar de las cajas de los programas sociales del Gobierno. ¡Filantropía fachosa y embustera!

El personalismo es culto en sociedades primarias y políticamente anuladas. Nuestra historia es una crónica inacabada de dominación consentida; una sumisión callada a patrones autócratas de poder. No concebimos realización sin protagonista ni esfuerzo colectivo sin apellidos. Nos turba una trama sin héroes. Los tiranos no han muerto; gravitan como espectros ingrávidos en nuestras borrosas visiones. Trujillo late en el retrato presidencial de cada despacho público, en el séquito de guardaespaldas de un funcionario de tercera categoría, en la arrogancia de las placas oficiales, en el padrinazgo de las recomendaciones, en las tarjetitas o cartas de encargo, en las amantes de silicona y los derroches carnales del poder, en el manejo discrecional del presupuesto público, en la concepción propia que cada funcionario tiene de su ministerio, en la beneficencia de repartos menudos, en las cajas y fiestas navideñas, en la ausencia de una mujer como presidente.

He andado por países subdesarrollados del mundo y pocas veces he visto la cara de un presidente en el anuncio de las obras públicas; en algunos esa práctica está legalmente prohibida. Se entiende que el Gobierno es un ente separado y distinto de su ejecutivo y este, como primer empleado, es apenas un mandatario que obra a nombre y por cuenta de todos. Aquí solemos decir: “Eso lo hizo Balaguer, Leonel o Danilo” como si esas obras fueran donaciones de su patrimonio personal. Todavía en una sociedad de perfiles institucionales tribales dominan creencias tan ancestrales como aquellas que suponen que el presidente es un “jefe de tribu”, detentador hasta de poderes mágicos y, como tal, exento de rendir cuentas salvo a su propio ego. Es obvia la razón de ese credo, cuando el contrapeso, que en teoría es el Congreso, es apenas una caja de resonancia, un “poder” arrimado y servil.

Ese personalismo como tributo, heredad, culto y mito está sellado en nuestro genotipo cultural. No bien muere alguna figura notoria, brota una iniciativa ejecutiva, congresual o municipal para colgar su nombre en una calle, en un edificio público, en un parque, en una plaza, en un aeropuerto, en una biblioteca, en un teatro, en un hospital, en una escuela, en un estadio, en un coliseo y hasta en una acera. No hay ícono urbano con un apelativo alegórico o de fantasía; cuando lo tiene, le agregan el nombre de algún sujeto. Muchos están convencidos de que eso es patriotismo o una sacra cultura del honor. Si fuera lo primero: ¿qué aporte legó John F. Kennedy para merecer una de las principales avenidas de la capital? Si fuera lo segundo: ¿por qué tantos héroes olvidados? Creo en otras razones: en el entreguismo xenófilo, en la demagogia populista, en una rancia cultura de abolengos, en la complacencia histórica y en el misticismo caudillista.

Una vez me paré frente al hotel donde me hospedaba, ubicado en la avenida Tiradentes. El ocio, compinche de la creatividad, me empujó a preguntarle a cada transeúnte si sabía quién era Tiradentes. De diecisiete abordados, ninguno pegó con el acierto. Uno me dijo que era el abuelo de Diandino Peña (lo decía por ser el dueño del hotel donde me hospedaba). A todos les sorprendió mi corrección cuando les comenté que Tiradentes era un “sacamuelas” (en portugués), el nombre de Joaquim José da Silva Xavier, odontólogo, minero y político brasileño que encabezó una revuelta minera precursora de la independencia de Brasil de la dominación portuguesa y que la designación de la calle fue un gesto de Trujillo para agradar al gobierno militar brasileño de Eurico Gaspar Dutra. Ante esa revelación, uno de los encuestados me replicó con acentuada gracia: ¿El papá de Odebrecht?

La ciudad de Santo Domingo es una de las más caóticas del mundo: amorfa, densa y laberíntica. Viejas zonas residenciales se incorporaron a su centro con calles estrechas e inconexas. En diez años la ciudad será inviable con la incorporación de más de un millón de vehículos, sin considerar los servicios públicos, infraestructuras y espacios de circulación que demandará su desbordado crecimiento vertical. Un plan rector de reordenamiento urbano debiera considerar la ordenación numérica de las calles y avenidas que facilite la rápida y lógica comprensión del mapa urbano. Excelente ocasión para desmontar las designaciones patronímicas de las vías y reservar esa práctica para la periferia u otro tipo de espacios, estructuras o monumentos. No dudo de que esta idea, imaginada como insurrecta, genere enconos o prejuicios en una sociedad sentimentalista y de hondos arraigos paternalistas. Lo entendería si los capitalinos conocieran la vida y el mérito de cada nombre, pero pregúntele a uno de ellos ¿quién fue Sven Olof Joachim Palme? Algunos de los más viejos quizás dirán: amigo de Peña Gómez. O ¿por qué se le dio el nombre de un atleta vivo al Estadio Olímpico cuando se supone que es para preservar su memoria histórica?

Esta práctica responde muchas veces a criterios arbitrarios, innobles y caprichosos. Ella es fuente de odiosas discriminaciones y justifica que cualquier persona o familia incida para nombrar un bien o espacio del dominio público con su apellido sin más mérito que la influencia social. Nuestro servilismo político vende hasta eso. Frente a esa realidad, no dudo de que mi próximo vehículo deportivo lo pasearé por la avenida Mozart la Para, Premio Nacional de la Juventud, cantando su obra más cimera: Ando armao, bebío y con cuarto/Cuidao, armao, bebío y con cuarto/En el cielo manda Dios/ En la iglesia manda el padre/En la mujere mando yo/y en mi gue… no manda nadie.

taveras@fermintaveras.com

Artículo original publicado en Diario Libre

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