¡Diablos! ¿Cómo lo hacen? —Fue la pregunta que un amigo se hizo en voz alta. De esas que intencionalmente se profieren para atraer la atención. Era obvio que yo, como único oyente, no me iba a quedar callado.

—¿Que hacen qué?… –le contesté.

—Estar casi todas las noches en el medio —me dijo mientras clavaba su mirada en una pareja de amigas que entraba al restaurante donde estábamos. No la conocía ni tampoco me incumbían las razones de la crítica, así que lo dejé proseguir con su monólogo.

—Mira, una trabaja como ejecutiva en una empresa que asesoro y sé su salario; la otra es maestra en un colegio bilingüe. Entre las dos no suman cien mil pesos; llevan carteras Prada y no salen de un bonche nocturno. Así es la vida aquí en Santo Domingo.

—O sea… ¿barata? —le inquirí.

—No, ¡pantallosa! —me dijo de forma concluyente.

Escurrí sutilmente la conversación para que las muchachas no se sintieran murmuradas ni yo me creyera una necia comadrona mordida por el morbo. A pesar de lo frívola, esa ocurrencia motivó una conversación más reflexiva sobre los nuevos estilos urbanos en una capital cada vez más alejada de sus viejos umbrales. Quizás los capitalinos, por estar dentro, no perciben los cambios que en poco tiempo han redelineado sus patrones sociales.

Conozco esa historia urbana, relatada por un drama social de hondos contrastes; la viví en Caracas, una ciudad segregada por dos mundos inconexos. Caminar por Altamira y La Castellana en el municipio del Chacao, despedir la tarde con un escocés en un bar de los exclusivos hoteles Renaissance La Castellana, Cayena o el The Vip Lounge Caracas no tiene nada que ver con los apuros de vida en la zona obrera del Valle ni las agitaciones sociales que hacen rutina en El Cementerio, Coche y La Cota 905, conglomerados hacinados que sobreviven con el precario abasto subsidiado por el gobierno.

Santo Domingo transmite un mensaje parecido; es una Caracas tranquila: sin agitación, violencia, ni más hambre, pero zarandeada por los mismos fantasmas. He escuchado la premonición de algunos venezolanos residentes en el país que anticipan los riesgos de una ruptura social parecida si se mantienen la impunidad y esas asimetrías sociales que la ciudad de Santo Domingo exhibe con la misma soberbia con que sus galerías muestran la nueva temporada de Louis Vuitton.

Vivo “en el interior” (como suelen llamar los capitalinos a los paisanos del campo). Esa condición me abre a juicios más fríos. He sido testigo de la asombrosa mutación urbana de Santo Domingo. Por más estimaciones que haga, los números no me cuadran. Debajo de esas torres cada vez más atrevidas se anida una inconmensurable economía sumergida. En los últimos veinte años la economía dominicana ha revelado una relación desproporcionada con su capacidad para generar bienes y servicios. Una riqueza postiza sustentada en fuentes no declaradas impone su oculta razón en nombre del desorden mejor planificado. El lavado, la evasión, la corrupción de Estado (al margen del consabido crecimiento económico) han convertido a Santo Domingo en la capital del consumo del Caribe. Pero ese aparente progreso no ha podido socavar las rancias estructuras de iniquidad que le dan identidad a una de las sociedades más desiguales de Latinoamérica. Hoy los ricos son veinte veces más que sus ancestros y abundan las nuevas fortunas de generación originaria. El Estado es la nueva fuente de riqueza: una inmensa teta sin dueño sustenta a una lactancia costosa, parasitaria y degradante que destruye el mérito como retribución social y arrima al talento en el desempleo.

La clase media, en desbandada, respira al ras de la sobrevivencia, reinventando formas para estirar sus magros ingresos. Mantener su vigencia social se hace cada vez más empinado en una sociedad dominada por lujos, marcas y estilos esnobistas. La falta de racionamiento crítico, fruto de una educación menesterosa, ha empujado a miles de jóvenes a prostituirse bajo los formatos más sutiles y eufemísticos de enajenación. Ya es socialmente “aceptable” que una muchacha universitaria pague su carrera gracias a la “bondad” de un padrino rico y barrigudo con la edad de su padre; que una mujer sin valor propio tenga que soportar la brutal agresión de un machote para poder dar de comer a sus hijos; que una familia consienta a su hija ser “segunda base” de un degenerado; que un joven tenga que hacer lo impropio para poder competir por las oportunidades que la misma sociedad le niega. Lo peligroso es cuando esa sociedad ostentosa pierde sensibilidad para apreciar sus miserias y celebre con indiferencia su propia ruina.

La capital crece al ritmo en que se distancia su gente. Aglutina mundos humanos insensiblemente paralelos. Ese albergue tan desigual para realidades tan ajenas propone una marca urbana descarnadamente promiscua. En su aire flota el aliento del hambre perfumado de Cartier; las calles que calzan el paseo de los Ferrari son las mismas que sudan el hedor húmedo a lubricante calcinado, fritura y sumideros trasnochados.

… Al pagar la cuenta, mi amigo y yo nos levantamos para despedirnos, justo en el momento en que detonaba el descorche de un champán en la mesa de las dos muchachas, que ya tenían dos cincuentones de compañía… ¡Buenas noches, Santo Domingo!

joseluistaveras2003@yahoo.com

Artículo original publicado en Diario Libre

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