Los códigos de la racionalidad sugieren que el cuerdo es un hombre adaptado, coherente y equilibrado; el loco desafía de forma inconciente esas mesuras porque no interpreta lógicamente la realidad. Creo que entre la cordura y la demencia existe un punto impreciso donde el hombre se realiza. En esa frontera crece el germen de la felicidad. Del hombre equilibrado recibimos la sensatez, la prudencia y el aburrimiento; del loco, la libertad villana, esa que no repara en prejuicios ni rubores para probar las experiencias más puras y esenciales. El hombre feliz es un loco conciente: domina los límites de su libertad, pero asume responsablemente los riesgos de su ejercicio. En el fondo, todo humano sueña con mandar al carajo los rígidos formatos y hacer de la vida un caprichoso garabato. Creo que es más loco el esclavo de las reverencias y devoto de las apariencias que aquel descubre en la vida la forma más plena de expresar su libertad sin considerar el juicio amargado de los demás. El hombre cuerdo es temeroso, patético y gris; el loco conciente es intenso, libre y feliz. A la postre la locura es una condición arbitrariamente relativa.

Fotografia: Ricardo Ripoll

Texto: José Luis Taveras

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