El 64 por ciento de la población dominicana se sitúa entre 15 y 64 años. Se trata de una sociedad joven. Esa realidad se replica en el contexto electoral. Los partidos políticos, reducidos a entelequias, pierden fuerza para atraer a la juventud. Son estructuras cerradas animadas por liderazgos decadentes con visiones desconectadas. El ventilador que oxigena el activismo partidario es la base excluida de la sociedad, que es, por demás, la franja mayoritaria. Su poder decide, pero también corroe. En ese mundo el voto es mercancía y el Estado papá, condiciones que le dan ventaja a quien detente el poder, convirtiendo la alternancia en una soberana quimera. Así, el primer voto que se le cuenta al partido oficial empieza con un millón y medio, entre empleados públicos y beneficiarios de los auxilios y repartos sociales.

Las frustraciones de las nuevas generaciones se amontonan en un sistema corrompido que no retribuye sus inversiones de vida. Pese a las presiones críticas, los partidos no se renuevan. Esa intención no aparece en la agenda de su futuro porque su primera y última razón es la participación electoral. Son montajes de ocasión que se arman y desmontan cada cuatro años como las carpas de un gran circo. En palabras más indolentes: son instrumentos de poder y nada más.

La sociedad pasó del aburrimiento al hastío y anda detrás de nuevos liderazgos. En el tránsito se tropezará con provocaciones, algunas engañosas y otras ilusas. Las primeras corresponden a las mismas ofertas del sistema con un cambio de etiqueta; las segundas comprometen a proyectos errantes que saldrán a probar suerte por cuenta de intereses prestados. Veamos.

Con respecto a las primeras no hay novedades notorias. El menú electoral de los partidos seguirá siendo inapetente, cargado de ofertas ajadas, probadas y consumidas. Reconocer en los partidos tradicionales un liderazgo idealmente apto para hacer algo distinto es un autoengaño. En el PLD no hay capacidad ni carácter para distanciarse de los intereses en pugna, pero tampoco hay luces propias. Los recursos de que dispone el Estado harán la diferencia en cualquier contienda interna y externa. Por eso los que tienen posiciones o “despachos” de buenos presupuestos ya aventajan a los otros. Lo demás será una costosísima inversión por cuenta del Estado, esa que los pupilos de los dos caudillos rivales no pueden abaratar o suplir en talento ni en carisma. En el PLD se han sobreestimado algunas figuras como “presidenciables”. Cualquier candidato (a) será una construcción artificiosa del marketing en una comunidad electoral con un serio déficit de criticidad y bajos estándares de exigencia. Los nombres manoseados o puestos a sonar tempranamente no encarnan un liderazgo natural, ético ni capaz de dirigir el desafiante proyecto de país que demanda la República Dominicana post-PLD, con más retos que logros. Pero con un colchón tan alto de votos gástricos cualquier mono es un líder. Es por eso que algunos (as) no han evitado la tentación de poner a madrugar sus ambiciones; otros lo hacen de forma subliminal a través de propagandas abrumadoras de los ministerios que dirigen. Entre todos no consolidan un liderazgo respetable; son y seguirán siendo enanos.

En la oposición no se esperan mayores cambios; todos se creen presidenciables, como expresión del mismo caudillismo que le enrostran al PLD. En las pasadas elecciones no hubo forma de concertar un pacto mínimo de unidad ni siquiera en los estamentos congresuales ni municipales. El problema: todos se creían con capacidad individual para alcanzar lo que nadie logró gracias al narcisismo acrisolado de nuestra política. La crisis postelectoral los unió en una derrota que pudieron evitar juntos. En el 2020 los complejos e ínfulas serán mayores con el sentimiento antipartidista al rojo vivo inflamado por la Marcha Verde y la posibilidad de que don Danilo no vaya. Frente al PLD no se puede luchar solo: es una verdad axiomática que todavía no se aprende. En la cultura peledeísta hay un pacto místico de indivisibilidad; esa organización actúa como las mafias: las diferencias se dirimen en familia y la complicidad es más fuerte que el amor. Desde ya la oposición debe alentar aperturas y espacios de diálogo sobre un proyecto de nación creíble. Si media alguna suerte, obrarán como buenos dominicanos: todo para el último momento.

En cuanto a las otras provocaciones electorales, es decir las ilusas, debemos estar muy atentos a lo que se está incubando calladamente: un proyecto de grupos económicos para seducir al electorado más robusto (joven, femenino y antipartidista) a través de un candidato de microondas que pueda filtrarse en los partidos políticos de oposición. En términos más claros, es reeditar a escala nacional lo que se dio en la alcaldía del Distrito Nacional donde el capital empresarial llevó a un candidato híbrido (mitad oficialista, mitad oposición). El éxito del ensayo ha puesto a delirar a grandes padrinos. Jugarán a la división de los dos partidos mayoritarios y a inflar artificiosamente la popularidad de su oferta, en cuya valija, además de todo el dinero, cargará la agenda de sus intereses corporativos. Veremos encuestas colocando a su candidato como un fenómeno político, como ya indican algunas mediciones mercenarias; obvio, se tratará de estrategias de inducción en un mercado electoral de escasísimo rigor de valoración donde el tuerto con dinero es rey, sin considerar su palidez ni su destemple. ¡Ojo con las encuestas en tiempos de paz! (no electorales); son inductivas y tendenciosas: su propósito es fabricar realidades perceptivas para que lo que es se vea como que no es y lo que no es como que es. Esos sectores están en todo su derecho, pero tales ensayos no me convencen; son sospechosos. Ya se han dado en América Latina (México, Brasil, Chile, Argentina) como respuesta al cansancio generado por el populismo; su propuesta es más de lo mismo apoyada en gobiernos tecnócratas con visiones empresariales de fuerte inspiración neoliberal que conciben la gestión del Estado como un ejercicio neutral y sin un compromiso social relevante.  En nuestro caso ni siquiera se trata de un proyecto ideológico con bases claras sino en poner a un mequetrefe que le de seguridad a las inversiones oligopolistas de sus mecenas frente al polvorín social que se avecina; algo así como la versión dominicana del bello Enrique Peña Nieto. Precisamos de un liderazgo de dimensión social, carácter ético, visión moderna, capacidad y que entienda las complejidades de un Estado institucionalmente quebrado.  Nuestro problema no es estético; es ético.

De manera que debemos prepararnos para la “contienda de los enanos”: una pelea de los pesos livianos; pimpollos que saldrán de sus sombras a echar la pelea por cuenta ajena. Veremos “enanitos oficiales” armados de “tiernas” ambiciones de poder; “enanitos gustones” que no negocian con su ego de tres votos; “enanitos verdes”, que se creen dueños del voto que marcha. Todos se batirán en una fiesta de espejismos primerizos. Sus ataduras son más grandes que su tamaño. Nos cuesta esperar. Mientras tanto, ¡ponle volumen a eso!: “♪♫♪…y yo estoy aquí, borracho y loco, y mi corazón, idiota, siempre brillará; y yo te amaré, te amaré por siempre, nena no te peines en la cama que los votantes se van a cansar… ♫♬♪♩”.

Artículo original de Acento

Comments

comments