DILEMAS DOMINICANOS Y HASTA GLOBALES
Por: Melvin Mañón

La publicidad transistorizada, las tarjetas de crédito y las pastillas anticonceptivas y alucinógenas transformaron la gente, la familia, la sociedad y el mundo y los hicieron en poco tiempo, menos de 25 años. Del periodo de la razón mas o menos asimilable y válida pasamos al mundo de las sensaciones, erótico, hedonista. El espectáculo, la falsa aventura y el entretenimiento ilimitado se convirtieron, en virtud de la gestión combinada de las tarjetas, la publicidad y las pastillas en la razón de ser y, la razón de ser, dejó de ser, para convertirse en la necesidad de tener porque, en este nuevo mundo nadie es alguien si no tiene. Por lo tanto, nadie quiere, puede ni acepta vivir sin tener y como no tienen de verdad, sus vidas se revuelven alrededor del deseo de tener y por y para tener, están dispuestos a hacer cualquier cosa. Y la hacen. Incluso vivir la resaca eterna del endeudamiento desbordado e impagable.
El gobierno dominicano del señor Danilo Medina, como muchos otros aunque a decir verdad mucho mas que otros, viola la Constitución, corrompe la justicia, pervierte la vida institucional del país y opera abiertamente en la ilegalidad. Las personas, partidos entidades que adversan a ese gobierno profesan, en su ejercicio, el apego mas estricto a las leyes y prometen el mas amplio respeto al orden público y a la legalidad existente. Pero resulta que el ejercicio de esa legalidad está en manos del gobierno que la viola, por lo tanto, cada promesa de la oposición de respetar la legalidad equivale a reconocerle una ventaja absoluta al gobierno puesto que pone en manos de delincuentes a los que adversa, el destino de su propia causa.
Desde el principio, cuando estalló la primera etapa del escándalo de ODEBRECHT, me resultaba chocante que todos pidiéramos al gobierno que investigara, hiciera justicia y sancionara pero eso era y es justamente lo que no podía hacer el gobierno y me parecía que no tenía sentido que le reclamáramos eso. Si estuviéramos en presencia de un gobierno que observara, al menos, las apariencias de legalidad y cuyo control del aparato estatal no se extendiera a todas y cada una de las instancias judiciales, tendría sentido reclamarle a dicho gobierno que persiga el delito y promueva y respalde la acción de la justicia pero ese no es el caso. El gobierno es quien delinque y luego le pedimos a ese mismo gobierno que se persiga y castigue a si mismo.
Cada vez que nosotros, cualquiera y todos, denunciamos la ilegalidad del gobierno y al mismo tiempo promete o prometemos portarnos bien, es decir, respetar las leyes, los tribunales, y los organismos legalmente competentes caemos consciente o inconscientemente en una trampa. Si nos portamos bien, si respetamos las leyes y disposiciones que el gobierno ilegalmente administra y corrompe, estamos de hecho otorgando a ellos la decisión final. Y eso, a pesar de que sabemos, desde hace años, que los peledeistas presumían de “estar blindados” es decir y justamente de haber adquirido el control absoluto del poder judicial. Por eso, cualquier sometimiento por corrupción, cuando, a duras penas, se produce es producto de la presión de la opinión pública nacional e internacional pero tal sometimiento invariablemente naufraga en las imperfecciones deliberadas del mismo sometimiento o sencillamente se extravía en los laberintos donde conveniente y oportunamente se dan cita todos aquellos casos – y son muchos- que no pueden ni deben concluir porque son demasiado escandalosos para no merecer condena y demasiado comprometedores para merecerla. La suerte corrida por este tipo de expedientes es la única que el sistema peledeista tolera so pena de abrir una caja mas conflictiva que la de Pandora.
Por su parte, las personas, partidos y entidades en la oposición y que de hecho se oponen al gobierno se colocan y nos colocamos en una posición imposible porque no se puede despreciar la legalidad pura y simplemente sin ser calificados de subversivos y en efecto así sería mientras que, y por el otro lado, someterse a la legalidad existente nos despoja de derechos reales y pone el destino de nuestra propia causa en manos de aquellos cuya ilegalidad condenamos.
En este dilema participa además la sociedad en pleno. Los de arriba, incluso cuando están preocupados y verían con gusto un cambio de gobierno, no desean exponerse a ningún riesgo de inestabilidad que pueda interrumpir sus lucrativas empresas. Los de abajo a quienes esta legalidad importa poco se acogen a las circunstancias y sabiéndose víctimas por tradición procuran ser oportunistas por excepción. Entonces, profesionales y clases medias se debaten entre la certidumbre del rechazo de los de arriba y el desorden de los de abajo y deprecian aquel pero temen a este. Al final, los gobierna una especie de parálisis que solamente una grave ruptura del ordenamiento económico y social puede desatar.
Estamos pues, atrapados y sin salida aparente. En estas condiciones, la ventaja es para el gobierno, no precisamente por la disponibilidad de recursos para sobornar sino porque, en un entorno donde todo es individual el espacio para un proyecto colectivo o nacional es cada vez mas reducido y como magistralmente consigna Wolfgang Streeck la característica de este post-capitalismo es que se desmorona pero no como producto de una fuerza emergente que lo desplaza sino enfermo irremediablemente por las dolencias derivadas de su propia gestión porque, y por lo demás, el sistema ha logrado convencer a la gente de que solamente las soluciones individuales son posibles. Coping, Hoping, Doping, Shopping las cuatro palabras mágicas de esta época y sus cuatro alucinantes significados y sus aun mas trascendentales consecuencias.
Nosotros, querramos o no, estamos todos atrapados en esta dinámica a la cual ingresamos por deslizamiento inducido, de la cual nos emborrachamos, en la cual vivimos pesadillas y de la cual no tenemos certeza de cómo y por donde escapar; solamente sabemos que hay que escapar y que escaparemos.

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