Vivimos un momento fóbico. La gente percibe que el Estado acosa su vida. Esa impresión se ha hecho paranoica. Flota como efecto de un contagio social más psicológico que real.  Una sicosis que reproduce impresiones delirantes de persecución. Esa perturbación, ya viral, nació con el espionaje telefónico del procurador a la jueza Miriam Germán Brito. Se ahondó cuando se supo que tal práctica era un “patrón de investigación”; que 17,637 teléfonos fueron solicitados en intervención por el Ministerio Público entre los años 2017 y 2018. Late la sospecha incierta de que vivimos en un régimen de control psicológico.

La instrucción del caso Odebrecht reveló la fragilidad de las garantías ciudadanas a su privacidad, cuando el procurador, “aprovechando” su investigación, solicitó a la Suprema Corte la intervención de líneas privadas ajenas al proceso con propósitos inconfesos.  Las leyendas sobre tramas de espionaje han despertado de las fantasías urbanas. Y es que la gente presumía que las agencias del Gobierno espiaban, pero ignoraban las escalas. Hay razones para sobrecogerse: bastaría imaginar lo que en las sombras hace el Departamento Nacional de Investigaciones (DNI) con la excusa de proteger la “seguridad nacional” en un ambiente de impunidad, clandestinidad y soberbia política.

Un ciudadano croata a quien ayudo en trámites de residencia me expresó su extrañeza por la manía de los dominicanos de apartar el móvil en reuniones formales o de usar códigos en conversaciones telefónicas aun coloquiales. “Noto una tensión innecesaria”, me dijo. “¿No te parece paranoico?”, le pregunté. “Me recuerda lo que viví”, me contestó. Suspiré…

Desde que salió a flote lo de la jueza Germán Brito un pensamiento oscuro domina la reflexión sobre esta práctica: “si eso fue con una jueza o un político ¿qué será con un ciudadano corriente?”. Lo que atiza más la sospecha es la olímpica impunidad con la que la autoridad pública obra, sin ni dar una razón, como en los mejores regímenes de censura policial. Este caso habría causado un escándalo político mayúsculo en cualquier parte civilizada del mundo; aquí ni inmuta. El Gobierno la ha consentido graciosamente como un acto plausible. El procurador no se da ni por aludido. Esa actitud abre vacíos de indefensión que solo los llena el miedo.

Si se trata de una estrategia de dominación, el Gobierno puede darse por satisfecho: lo ha conseguido. Pero como toda inducción en la sicología de masas tiene sus reveses, ya la población empezó a hacer catarsis.  Uno de sus síntomas es la sensación de vivir en una dictadura. Y lo ha expresado con encono, hasta el punto de que la popularidad del gobierno se ha visto impactada en estos meses. Es que el nerviosismo que abraza a la sociedad últimamente  ha resultado de esos abusos a los que se suma un cuadro de agudas sensibilidades: el arrogante triunfalismo por una reelección prohibida, la amenaza de un juicio político a jueces electorales y otros pronunciamientos temerarios de funcionarios.  La acusación de dictadura que ha merecido el gobierno y que ha dominado la opinión no es una simple respuesta política; tiene una matriz psicosocial construida sobre esas aprensiones. Que sectores políticos adversos al Gobierno lo hayan explotado es otra cosa; tampoco lo dudo. Sin embargo, lo que irrita es escuchar a funcionarios respondiendo con necedad y desdén en vez de aquietar las ansiedades colectivas y dar explicaciones, actitudes que reflejan un cuadro de ansiedad en el oficialismo, quizás porque las señales esperadas a favor de la reelección no han cuajado según los planes. El miedo de la sociedad más consciente es al miedo del Gobierno. Sabe que un poder inseguro y nervioso es peligroso. Esa desesperación puede despertar un tirano.

En sus etapas terminales, ya desgastados, los gobiernos que en sus inicios fueron populares entran en pánico. Asumen posiciones defensivas. Se muestran intolerantes y agresivos. Se aferran a los porcentajes de aprobación perdidos. Se ofuscan con el poder. Sacan las garras para herir y son neuróticamente dañinos. El Gobierno entra en ese trance. La idea de abandonar el poder angustia a sus funcionarios, y más cuando no han armado una ruta de evacuación segura que les garantice la impunidad por sus desafueros. A partir de ahora veremos un final de película. Se legitimarán las formas más sutiles de control y represión: persecución fiscal por motivos políticos, control de medios, censuras de opinión, campañas sucias, fake news y otras más. El ojo del huracán se aproxima… apenas se sienten ráfagas de alerta. Preparémonos, porque como decía un merenguero de los noventa, esto viene “con fuerza”.

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