Marcha Verde ha resistido los embates más profanos. La han “escaneado” de pies a cabeza, le han imputado todos los timbres, colores y propósitos, pero no han podido debilitar sus fuerzas. Muchos apostaban a su dilución justo ahora cuando cobra más ímpetu y madurez. Durante estos dos últimos meses la estrategia fallida de sus detractores fue colocarla en el patíbulo público para deslegitimarla y distraer sus reclamos; ahora tendrán que reinventar la ofensiva. Creo que la respuesta ha sido lo suficientemente contundente para pensar mejor los ataques.

Marcha Verde ha dado trabajo para morir; su resistencia inmunológica parece metálica; una especie de bicho extraño que se recrea biológicamente con sus propias vísceras como en las producciones épicas de ciencia ficción. Sin embargo, como todo lo humano, Marcha Verde tiene una fecha de caducidad, pero ya logró ser algo más que una expresión accidental del momento. Lo trascendente es su valor intangible. Marcha Verde es lo que no se ve: compromiso, identificación colectiva y fuerza de futuro.

El núcleo duro de Marcha Verde reside ahí, en esa fuerza social centrípeta que convoca a ser parte del todo: una dimensión ciudadana abandonada por la dejadez, la pasividad y la autocensura de una sociedad anulada y políticamente domesticada. Ahí se aloja su energía vital.  Y no hay manera de que esa experiencia, ya interiorizada, muera. Podrán cambiar la simbología, la estrategia, las caras y los formatos de expresión; podrá desaparecer, incluso, el verde, pero permanecerán las actitudes que frente al sistema político despertó esta nueva dinámica social. Ante esa realidad, todo lo demás es accesorio, mejorable y perecedero.

Lograr aglutinar bajo el mismo techo a un activista LGTBI con un evangélico fundamentalista; a un empresario con un viejo izquierdista; a un religioso con un ateo; a un político con un ciudadano corriente, en una sociedad desigual, clasista y prejuiciosa, es una conquista pletórica; un entendimiento entre “diversos” en una nación acostumbrada a los “consensos” de cúpulas, a los pactos burocráticos de las mismas élites políticas y económicas.

Marcha Verde no es la lucha de los buenos contra los malos; es la palabra de los queremos una convivencia colectiva que retribuya las inversiones existenciales de todos en un orden de justicia, respeto y legalidad. Por eso no hay manera de estudiar ni de juzgar esta manifestación social con referentes del pasado y eso tiene aturdido a un sistema que se debate en su agonía.

Esta manifestación es la negación de lo que ha sido el patrón de participación social en nuestra tradición política, definida, en los hechos, como un proselitismo usurero en el que la gente acude por un trato económico o alguna expectativa retributiva. Entender y aceptar este proceder ciudadano entraña un reto para el común de los políticos, acostumbrados al tráfico barato de masas, por eso algunos buscan motivos que solo hallarán en sus frustraciones.

Marcha Verde no es ni tiene vocación de organización política, aunque sus reclamos son en contra del sistema político. Es espacio, cobijo y expresión de la gente frente a los problemas que los abate y ahora los une. Es acción colectiva nacida en las calles pero criada en la conciencia de la gente. Este movimiento no necesita “progresar” ni “mutar” mas allá de lo que es: un frente social de base abierta para exigir y demandar derechos colectivos. ¿Partido político? ¡Imposible! ¿Llevar un candidato a la presidencia? ¡Menos! Marcha Verde no es oposición política; es acción colectiva para exigir cambios políticos, institucionales y sociales. Sueñan con burbujas los que pretenden apropiarse de esto, porque esto es expresión de todos y, más que partidos, la sociedad precisa de cambios, sin intermediarios desconectados de sus aspiraciones.

Marcha Verde tampoco es un movimiento de redención social de donde debe emerger un Mesías, ni debe atender a más agendas que las que le dieron nacimiento, fuerza y razón de ser: corrupción pública e impunidad y todas sus secuelas sociales, institucionales y políticas como la inseguridad fronteriza y el abandono de la soberanía nacional entre miles.  Sin embargo, sin pretender dejar la calle (como aliada y escenario de su lucha) Marcha Verde debe avanzar hacia la proposición y defensa de reformas institucionales como forma de concretar y trascender sus reclamos. En esa dirección debe marchar la Marcha porque la protesta sin propuesta no es respuesta. Andando encontraremos esa ruta. Mientras tanto, no hay quien pare este destino, porque… ¡nos mueve la esperanza!

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