Me cuesta escribir en primera persona. Lo siento, pero con esta entrega pretendo disipar la preocupación de alguien y con ello aclarar la inquietud de otros. Esta es mi respuesta a una persona que ha estimado como “inútiles e ingenuas” mis posiciones sobre la corrupción y la transparencia pública.

Si usted es mi lector y no le interesa, le sugiero dejar hasta aquí la lectura; este diario tiene estupendos articulistas. Quiero evitarle el fastidio de leer valoraciones que me conciernen personalmente, pero tampoco dejo de aprovechar ese motivo para exponerlas, aunque admito que me resulta sensiblemente incómodo. Pido permiso a mis lectores, a cuya prudencia abandono la decisión de seguir.

Solo la estima a la persona responsable del comentario me empuja a un artículo como este. Me reservo su identidad porque el juicio fue expuesto en un ambiente privado y no quiero comprometerla públicamente. Esa persona entiende que mis críticas al sistema constituyen un innecesario desgaste personal porque “las cosas son como son y a nadie le interesa que cambien”; dijo, además, que me estoy ganando desafectos innecesarios en los centros de poder.

Con el debido respeto a mi juzgador, entiendo que hoy prevalece un sentido utilitario del compromiso. La gente responde o se motiva cuando hay un rédito tangible; actúa a partir de la relación costo-beneficio; en otras palabras: qué se gana, qué se pierde. He definido esa ecuación como la regla de la conveniencia, que le asigna a las decisiones del hombre un valor concreto tasado por el interés propio. Pues le digo a mi juzgador que no soy ingenuo: tampoco me he sustraído a esa lógica. He hecho miles de veces el ejercicio y nadie ha tenido que convencerme de que mis posiciones han incrementado el pasivo en pérdida de espacios, oportunidades y relaciones. He vivido con el desbalance. Lo he contabilizado y neciamente siento que sigo redituando.

Pero ¿qué he ganado? La autoconfirmación en mi libertad y la repercusión de mis juicios en miles de personas. ¿Con qué se come eso?, dirían no pocos. Con nada, pero se vive, digo yo. Y cuando hablo de vivir no me refiero a la cómoda subsistencia sino a una existencia con propósitos, esa que se tiende como puente entre lo que uno piensa y decide. Creo que ese es el fin ideal de toda realización trascendente. Cuánta gente quisiera vivir como piensa o hablar sin reparar en la opinión de los demás ni calcular las malditas consecuencias; liberarse de las ataduras de una posición, de una imagen, de un empleo, de un estatus, de un partido, de un gremio, de una clientela o de cualquier vaina.

El problema más crítico de la sociedad dominicana de hoy es la autocensura. Esa prisión invisible pero opresora en la que el presidiario es el mismo carcelero. La autocensura apoca, constriñe y debilita; convierte a la gente en manada. Es la primera cadena de su domesticación.

Parece increíble, pero todavía perviven en la sociedad de hoy los miedos prohijados por pasados autoritarismos; apenas han cambiado las fuerzas; antes eran el gatillo, la tortura y el destierro, hoy son la complacencia, la buena imagen, la aceptación social, el servilismo y el pánico a perder comodidades. Pocos quieren involucrarse más allá de las conveniencias; cuesta dar la cara, hablar de frente, poner nombres y apellidos.

Los que me leen saben que me he curtido en la disidencia. He tenido opiniones críticas frente a la autoridad pública. Estoy y siempre estaré del lado contrario al poder (formal y de hecho). Esa posición no es caprichosa ni germina de un “roscaizquierdismo” obsesivo que procura aplausos o notoriedad; tampoco nace de añosos resentimientos ideológicos o sociales; tiene su propia racionalidad: servir de contrapeso en una nación frágil, dominada por relaciones desiguales de poder. En un “orden” donde la discrecionalidad del Estado es regla, esa contrabalanza deviene en imperativa. En una sociedad donde 46 familias deciden, se hace ineludible el equilibrio, pero la mayoría se suma a la sumisión. Tampoco creo que mi forma sea la única ni la más legítima ni que otras personas no hayan asumido igual actitud de vida desde escenarios más altos. Eso no nos califica como mejores o más buenos; sencillamente nos realizamos en la libertad por una razón elemental: no hay nada con mejor precio. La paz también tiene que ver con una conciencia sin deudas.

Soy frontal y hasta mordiente. Lo he sido con los gobiernos, los partidos, las iglesias, los núcleos de poder económico y conmigo mismo. No he distinguido las corrientes de intereses que se debaten en el oficialismo para medir mis posturas. Recuerdo que cuando Leonel Fernández salió del poder yo escribía sobre sus delirios políticos, entonces los lectores más entusiastas eran los del gobierno; luego la tortilla se viró y mis críticas se volcaron en contra del sistema de impunidad del gobierno y hoy he cosechado los peores resabios dentro del oficialismo. Eso no me hace leonelista. Les advierto: no soy confiable y creo en la ingratitud como virtud cuando el servilismo manda. Si la oposición llega al gobierno seré aún más radical. Mi problema no es personal, es conceptual y axiológico; es determinación de vida. No guardo agendas ni aspiro a explotar políticamente mi libertad. Ningún político puede sentirse amenazado: no compito en ese campo. Mi mejor oficio es la denuncia social. Entender esa verdad en un medio amansado es provocador. Siempre se tiene la idea de que quien opina lo hace para merecer algo.

Mi compromiso tampoco perturba la objetividad. He admitido logros meritorios del gobierno de Danilo Medina. Nunca he rebatido las bondades del sistema 911, del plan de seguridad vial del Ministerio de Obras Públicas, de la cobertura del desayuno escolar, de la modernización y eficiencia recaudatoria de la DGII, entre otros. Estoy convencido de que hay agencias y direcciones del Gobierno conducidas por personas con criterios idóneos y éticos. Me consta y hasta podría mencionar nombres. Esos son los más interesados en que se marquen las distancias. El problema es que al PLD se le fue la mano. Ha perdido norte, identidad y cualquier otra razón que no sea el poder. Ya no es partido, es un centro de negocios donde la ambición ha sido patente ideológica. En esa enajenación ha olvidado que el Estado no es su patrimonio, por eso lo maneja a su antojo, sin dar cuentas, sin remediar las consecuencias y bajo una lógica siniestra de impunidad. Es ahí donde nos distanciamos. Estos gobiernos han estructurado un armazón de inmunidad espantoso con la complacencia de un núcleo empresarial privilegiado cuya visión de nación no ha evolucionado más allá de sus dividendos, y lo peor es que, como he escrito antes, reclaman honores patrios por dar empleos y pagar impuestos.

Lamento decepcionar a mi juzgador, pero creo que es tarde. Asumir posiciones dejó de ser opcional en un país de tantas ausencias. Consentir este estado de cosas no está en mis planes. No andamos bien. El futuro como nación se nos achica. Pensar que seis de cada diez jóvenes quisieran emigrar del país debiera ser una alerta trágica; aquí son tañidos de un tremendismo alzado por los intereses políticos. ¡Qué pequeñez más grande!

Asumo todas las lecturas y juicios que pueda soportar esta defensa. Los acepto. En este ejercicio de libertad se me ha endurecido la piel, no el corazón. Soy acreedor de mis palabras y deudor de sus críticas. De eso justamente se trata. Lo siento por mis lectores, aun más por mi juzgador. Estoy viejo y feliz con lo que hago y complacido con lo que tengo. Nunca me he sentido mejor, a Dios la gloria.

Artículo original publicado en Diario Libre, replicado por Somos Pueblo

Comments

comments