¿Qué tienen en común la temporada ciclónica y la época navideña? Muy pocas cosas, pero no hay duda de que comparten la misma indiscreción. Desnudan, cada una a su manera, la hondura de nuestra miseria. Ese descaro es más tosco en una sociedad como la dominicana, más pequeña que sus ínfulas neoburguesas. Ver correr, durante los apuros de lluvia, los aluviones de mierda, basura o desechos y, por otro lado, contemplar cómo el barrio se abalanzaba sobre las cajas navideñas es contar en versiones distintas un mismo relato.

¡Navidad! Una fiesta electoral sin elecciones armada con la facha de la caridad. Los políticos vuelven a sus plazas para pagar con menudas raciones el favor del voto digestivo, ese que quita y pone presidentes. La avalancha de gente que mueve esa “filantropía” recuerda a hienas convocadas por el olor de las carroñas. Hasta no ver las etiquetas políticas de las cajas juraría que son repartos humanitarios de la ONU en asentamientos tribales del África subsahariana. Esos son nuestros hermanos, los que hoy hacen mayoría electoral. Verlos perder su piel en los forcejos del hambre (apiñados hasta el sofoco tras un surtidito de ponche, ron, aceite, arroz, habichuela, pollo, sardinas, manzanas y golosinas) es deprimente. Una sádica prostitución de la caridad. No se sabe qué es más barato: si las provisiones o el repartidor. Las dos “cosas” no suman el valor de nuestra democracia.

A eso le llaman “grajearse”. Quien no se adiestra en esa gimnasia pierde su tiempo en la política de carne y hueso. Respirar sin muecas el vaho a piel salobre o la mugre bucal de las turbas —entre pleitos, empujones y pisotones— es un ejemplo de sensibilidad política según los parámetros de nuestra demagogia. El cuadro despierta sentimientos contrariados: pena, rabia y risa. Aunque, sinceramente hablando, no veo diferencias entre las dos miserias: una que vende su decoro por dos manzanas y otra que niega apáticamente ese cuadro.

Mientras la dignidad se pese en una balanza de colmado, huela a salami o se evapore en un bonogás, no habrá esfuerzo racional que cambie esa barata beneficencia. ¿Cuántas becas llegarían a los barrios si cambiamos los peces por las cañas? ¿Cuánto talento desparramado busca a diario una oportunidad negada? ¿Cuántas manos se usarían en la producción de los mismos productos entregados?

Somos un tejido de vivencias desordenadas bordado con los retazos de cada día. Rodamos sobre el presente sin un mapa de ruta que nos permita saber hacia dónde. En nuestra cultura política, planificar el futuro es una pérdida de tiempo. Elevar la perspectiva de nuestras visiones más allá de la subsistencia sigue siendo un desafío escasamente provocador. No hemos podido construir un futuro al margen de las urgencias. Las “políticas públicas” se arman sobre la marcha y según las conveniencias electorales o los negocios del poder.

El populismo no sobrevive sin la pobreza; ese es su fermento, su mercado político, su verdad ideológica. En su lógica, el poder lo dan los necesitados, esos que ven al Estado como razón de vida. Tampoco fomenta la autorrealización ni agrega más valor social que la manutención. Concibe al Estado-papá como ente benefactor y la lealtad al sistema —en nuestro caso al partido único— como garantía para recibir sus menudos favores. La política populista es el poder de los que les sobra en nombre de los que necesitan. Su utilidad es tan desechable como el papel de baño. De esa masa malviviente nada más sirven sus cédulas. Si ella supiera al menos su verdadero precio, pediría algo más que una caja cada diciembre. Pero conviene que no despierte, que no se dé cuenta de lo que es, así las cosas se quedan como están.

Pero nada, estamos en Navidad, una fiesta para celebrar no sé qué cosa. El jumo ni la parranda necesitan grandes motivos ni los pobres conciencia. Mientras, me sumo al holgorio y, como leía en la tarjeta que le daba motivo a una caja navideña entregada por un diputado: “¡Felise Pacuas!”.

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