GENTRIFICACION FARRAGOSA
Por Juan Llado — Especial para Somospueblo.com
Solo un orate podría no comprender la necesidad de conservar el patrimonio histórico de la nacion. Los vestigios históricos tienen el valor de proveer un referente, una conexión con el pasado que nos permite evaluar mejor el presente y el futuro y remarcar nuestra identidad. De ahí que preservar los monumentos, sitios y el ambiente construido del Centro Historico de Santo Domingo (CHSD) tenga mucho sentido. Igualmente deseable es retener a sus habitantes tradicionales, pero el actual proceso de “gentrificación” que se está enraizando en el mismo amenaza con expulsarlos.


El CHSD ha estado sometido a una mayúscula intervención por parte del Programa de Fomento al Turismo del MITUR. En aras de hacerlo más apetecible para los visitantes extranjeros se han reconstruido y pintado fachadas, mejorado y adoquinado algunas calles y aceras, soterrado el tendido eléctrico y reordenado el tránsito. La intervención ha provocado una oleada de comercialización que ya arropa varios importantes entornos y desfigura la autenticidad de los ambientes históricos. Con el incremento de los visitantes extranjeros que ha hecho posible la Autovía El Coral y la llegada de cruceros, el CHSD aparenta más un bazar turístico que una reliquia histórica.
Esos resultados han sido acremente criticados por algunos entendidos. Nadie se opone a las labores de restauración y se admite que el CHSD no puede representar solamente el ambiente colonial. El paso de los siglos ha empotrado en su tejido urbano manifestaciones de las épocas subsecuentes y eso también debe proyectarse. De hecho se acepta que deba reflejar esos cambiantes estilos arquitectónicos y ambientes de las diferentes etapas históricas. Lo objetable es que, al privilegiar la visitación turística extranjera, se haya desfigurado la imagen histórica original.
La mayor cojera de la transformación en curso es que no está concebida para nuestra población. Se ha dado la espalda al fundamental rol educativo del recinto para las presentes y futuras generaciones de los nacionales. El ambiente no se ha estado acomodando para recibir hordas de estudiantes del interior del país y de los barrios periféricos de la ciudad. Penosamente, se ha estado preparando para una clase privilegiada de la ciudad que puede pagar los altos precios de sus restaurantes y para una oleada de visitantes extranjeros en busca de caros suvenires. La misión del CHSD parece concebirse par hacer más ricos a los comerciantes allí establecidos y beneficiar a los que tengan los recursos de inversión para plantar ahí sus lucrativos negocios.
Pero el aprovechamiento turístico del CHSD no califica como primordial y debe enfocarse como un propósito de segunda prioridad. Por más ingresos y empleos que la visitación extranjera pueda generar, la utilización de la reliquia debe primero obedecer a los requisitos del fortalecimiento de la identidad nacional (al evocar sus raíces). Es al turista nacional a quien primero debe atenderse porque de su visitación se deriva la identificación e internalización de la personería histórica de la nación. La población nacional entera debe embeberse en sus leyendas y extraer de sus monumentos y sitios las lecciones que enriquezcan el ejercicio ciudadano. Los ricos nacionales que acuden en los fines de semana no van a eso sino a cebarse con la fina gastronomía y el entretenimiento que apunta a convertir al recinto en un parque temático del alcohol.

El éxodo de los residentes que tales intervenciones están acarreando es igualmente lamentable. Esto así porque conservar la vida de los habitantes de un centro histórico es importante no solo para fomentar entre ellos “los elementos conducentes a la apropiación cultural, al desarrollo del sentido de pertenencia y a la participación social.” Es que también deben jugar un papel vinculante entre lo foráneo y lo local. Por eso se debe propender a mejorar su calidad de vida con miras a propiciar su arraigo. Ellos son los anfitriones ideales para los visitantes nacionales y extranjeros.

Actualmente, sin embargo, en el CHSD se está dando la tendencia contraria que se conoce como el fenómeno de la “gentrificación”. El termino provine del inglés “gentry” referente a la alta burguesía. Se trata de “un proceso de transformación de un espacio urbano deteriorado –o en declive– a partir de la reconstrucción o rehabilitación edificatoria que provoca un aumento de los alquileres o del coste habitacional en estos espacios. Esto provoca que los residentes tradicionales abandonen el barrio -y se sitúen en espacios más periféricos, lo que produce que este “nuevo” espacio vaya a ser ocupado por clases sociales con mayor capacidad económica que les permita aportar estos nuevos costes (https://es.wikipedia.org/wiki/Gentrificaci%C3%B3n). El fenómeno no se limita a los aspectos físicos solamente, sino que “involucra una serie de cambios en la conformación de la población y se caracteriza por el desplazamiento de cierto estrato social por un estrato superior.”
El abandono del CHSD por parte de los residentes es de larga data. El kilómetro cuadrado que hoy se conoce como Ciudad Colonial llegó a tener, según los estimados de los entendidos, unos 30,000 habitantes antes de la guerra civil del1965. A partir de entonces la población ha ido migrando hasta reducirse a algo menos de los 8,000, de los cuales unos 300 son residentes extranjeros. Los diversos proyectos de remodelación de edificios y viviendas que hoy están en curso presagian una migración mayor de los actuales residentes y se vislumbra que el CHSD se convierta en un barrio de ricos, desplazando así a sus habitantes tradicionales. Si antes se migraba por diversas razones, hoy la migración tiene un carácter puramente económico.
A medida que la presencia turística aumenta y se siguen desarrollando en el CHSD mas restaurantes y sitios de entretenimiento, el resultado se parecerá mucho a la gentrificación del Viejo San Juan de Puerto Rico. La tentación a que están sometidos los habitantes para vender sus viviendas es comprensible dado el hecho de que, en su gran mayoría, son gente de bajos estratos de ingreso. Si los planes del MITUR para mejorar sus viviendas se concretan –mediante remodelaciones financiadas con bajos intereses—la tentación de vender será aún mayor. De ahí que esos planes del MITUR, aunque bien intencionados, no propenderán a elevar el grado de arraigo de la población.
El mercado dictaminara quien se va o se queda en el CHSD, a menos que se produzcan intervenciones que eviten efectivamente la migración de sus actuales residentes. Algunos arquitectos son de opinión de que la gentrificación se puede evitar con una normativa sobre el uso del suelo que se haga cumplir estrictamente. Pero lo que esto implica es que habrá segregación social del territorio y eso no es justo para los que habitan los sectores más pobres. De hecho la normativa que restringe las viviendas de alto costo a ciertas secciones resultaría en menor equidad social. Y los ricos no necesariamente serían los mejores vinculantes con los turistas que visiten.
A todas luces, el remedio a la gentrificación no está nada fácil. Se podría pensar en una alternativa más radical como sería que el Estado declarara de utilidad pública todas las viviendas para que nadie pudiera vender. El Estado podría compensar a los residentes con un valor razonable si prometen quedarse. Pero eso podría empeorar la situación: gente de escasos recursos que se ven de repente con “mucho” dinero sin tener que mudarse estarían tentados a migrar como quiera y nadie podría obligarlos a quedarse.
La solución del peliagudo problema, entonces, debe ser una que incentive la permanencia y desincentive, a la vez, la migración. Pero como incentivar y desincentivar es un reto cuya satisfacción no esta tan clara. El MITUR tendrá que seguir buscando porque lo que hasta ahora se ofrece no es solución.

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