¿Puede un hombre pobre, con muchos hijos – un padre de familia- como les gusta autodesignarse, endeudarse para comprar un automóvil alemán nuevo y ponerlo en manos de uno solo de sus hijos? Ciertamente estaría cometiendo una irresponsabilidad y una injusticia. Más grave si el importe de esa deuda lo tienen que pagar entre todos los demás hijos, e incluso los nietos, cuando solo uno es el beneficiado.

Pues esto mismo ocurre con los gobernantes de las sociedades que se embarcan en la construcción de un metro pesado –el “Mercedez Benz” de los sistemas de transporte colectivo- o peor, de un teleférico. Cuando solo se piensa en sí mismo y continuar en el poder, se toman decisiones populistas que sirven además para engañar a los ignorantes con una falsa imagen de progreso y desarrollo. Y es que no por andar en un Bentley, mirar el mundo a través de cristales ahumados y unos lentes de Cartier, se alcanza desarrollo humano, cultura y clase. Ni se adquieren escrúpulos.

Pero así piensan, e inducen a ser imitados, los políticos y congresistas que convierten a las ciudades del tercer mundo en una ridícula y patética parodia de Disneyworld, con monorriel y teleférico incluidos, dando circo a las masas y haciéndoles creer que aquello es la modernidad. Una perversa falacia que luego pagaremos todos –ricos y pobres- aunque residan en Loma de Cabrera, y acaso los utilicen para dar un paseo alguna vez.

La movilidad urbana debe ser un compromiso social basado en la sostenibilidad, con mayor razón en las sociedades tercermundistas –como la nuestra- donde la inequidad se incrementa y el crecimiento económico, falseado con cifras manipuladas, va a parar a pocas manos, sucias por demás, producto de un largo manejo corrupto de los dineros recaudados a costa de esquilmar a aquellos que más se esfuerzan en ganarlos limpiamente.

Los conceptos modernos de movilidad urbana se apartan hoy del transporte masivo, porque las ciudades se han vuelto multidestínicas y la conformación de los recorridos es cambiante. Los medios de vía fija, férrea o cables, no admiten variaciones de rutas y volúmenes, como en cambio lo permiten otros medios –autobuses y microbuses- cuya frecuencia y trayecto puede variarse según las circunstancias lo exijan. Las ciudades del primer mundo así lo han comprendido, y aun teniendo las infraestructuras tradicionales ya amortizadas, procuran adoptar medidas tendientes a promover la intermodalidad, favorecer el desplazamiento a fuerza muscular, calmar el tráfico y desconcentrar las vías, mientras en nuestro medio hacen lo contrario unas autoridades llenas de soberbia profesional e ignorancia de cómo marcha ahora ese mundo.

Las informática y la comunicación cibernética abren una oportunidad para la adopción de tecnologías inteligentes de control del tráfico y transporte a bajísimo costo, utilizando los medios convencionales –o los que ya se tienen- para que personas y objetos se organicen eficientemente en sus desplazamientos urbanos, reduciéndolos racionalmente y mejorando la calidad de vida por vía de disminución de emisiones, del estrés del tráfico y restando horas que se añaden al descanso, al estudio o a la producción.

Un teleférico de 70 millones de dólares para transportar a los más pobres y marginados viene a ser una burla a estas personas que probablemente vivan orgullosos de un adefesio funcional. Ya algunas ciudades se han adelantado, sobre todo en Latinoamérica donde gobernantes inescrupulosos, mesiánicos y populistas, sean estos alcaldes o presidentes, presentan como unas maravillas innovadoras algo que en el primer mundo jamás se haría.

En Suiza y Austria, países a la vanguardia del transporte teleférico, los utilizan desde los albores del siglo XX por causa de su abrupta orografía alpina y mayormente para el turismo o el deporte de nieve en montaña. En los Estados Unidos, el país más rico, solo hay tres en uso público, todos con problemas de sostenibilidad económica que ha cerrado la posibilidad de replicarlos o expandirlos. Mientras tanto, en Santo Domingo se anuncian como panaceas o anzuelos para favorecer el continuismo de los gobernantes.

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