La marea verde ha roto el tiempo y la concatenación de los hechos sociales y políticos en República Dominicana. Además de provocar cortocircuito en la agenta gubernamental y dislocar el poder, la marcha del 22 de enero de 2017 ha sacado a la superficie los discursos cruzados y paralelos de los actores sociales que luchan por hacer valer sus posiciones y estrategias políticas.

No es la primera vez que las protestas espontáneas de las masas populares dominicanas desbordan la capacidad organizativa y de dirección de las organizaciones sociales y políticas, tampoco que estas últimas intenten ponerles un cause al desborde obteniendo como resultado la radicalización de los “conscientes” y la desconexión de los “inconscientes”.

Guillermo Moreno

En un artículo publicado este lunes por Guillermo Moreno, presidente del partido Alianza País, se dice que: “La espontaneidad de la marcha del 22-E es parte de su fortaleza y, al mismo tiempo, de su debilidad. Por eso, se impone hacer un profundo ejercicio de reflexión y evitar caer en la tentación de comenzar a dar palos a ciegas a ver si ´pegamos´ como si la lucha política fuera jugar en una lotería”. De acuerdo con el dirigente político, varias son las cuestiones que requieren ser “pensadas, definidas, consensuadas y construidas, en los días por venir”.

En el mismo artículo, Moreno establece que la marea verde requiere de “una dirección política-social-ciudadana”, esa dirección debe definir “una forma de planificación y de coordinación de los momentos y de las acciones”.

La posición política de Guillermo Moreno y Alianza País con relación al día después de la marcha se sintetiza en que hay que darle direccionalidad al proceso, ampliar su base social y desplazar la movilización al terreno local. “No se trata de ahogar las iniciativas, sino de estimularlas, pero en un cauce y horizonte comunes, practicando una gran unidad de acción”.

Moreno también hace referencia a que la lucha tiene que ser radical y lo dice con las siguientes palabras: “Lo que sí, que la lucha tiene que ser radical, en el sentido de ir a la raíz del problema, atacar sus causas y sus responsables”.

Para este actor, la radicalidad y la direccionalidad política se plantean en los siguientes términos: “Para enfrentar la corrupción y la impunidad hay que sacar al PLD del poder y, sobre todo, desmontar su modelo de dominio político. Para ello es imprescindible que asuma la dirección del Estado un liderazgo político-social-ciudadano, medularmente honesto, con compromiso social e identificado en palabras y hechos con el fortalecimiento de la institucionalidad democrática y el respeto de la legalidad”.

En este último punto parece haber una contradicción, puesto que se afirma que la lucha tiene que ir a la raíz del problema desafiando la institucionalidad peledeísta y al mismo tiempo se llama a respetar y fortalecer esa “institucionalidad”. En este aspecto la discursiva de Guillermo Moreno y Alianza País luce cruzarse con la retórica del constitucionalismo filodanilista.

Olaya Dotel

Una gramática diferente aparece en la voz de otros actores, como la de Olaya Dotel, profesora de ciencias políticas y activista por los derechos ciudadanos, para quien la institucionalidad existente es el terreno de juego de la “mafia política” que controla el Estado, “su objetivo es llevar los conflictos a su propio terreno de modo que allí sus jueces, su Procurador, sus fiscales y sus comisiones puedan validar y legitimar las decisiones pactadas previamente en el comité político del PLD”. 

Olaya Dotel mientras se toma una foto con el hombre enmascarado en la marcha por el fin de la impunidad.

A tono con la teoría del poder destituyente de Tony Negri, Dotel establece que el discurso de la institucionalidad y la legalidad tal y como se presenta en las actuales circunstancias del país es inconducente por apelar a un orden abstracto cuando en realidad el único orden en el que vivimos es el de la mafia gobernante, que no es más que un desorden organizado para que el PLD se eternice en el poder y sus dirigentes sigan estafando al Estado.

A diferencia de Moreno, Dotel piensa que tenemos que ser capaces de “poner en tensión la gobernabilidad” desplegando acciones de masas que vayan más allá de la “institucionalidad peledeísta”.

“Si el orden es para mantenernos alineados y controlados” –afirma- “se hace necesario que el pueblo y la ciudadanía empoderada rompan ese orden y el control que tiene el PLD sobre la población”.

Héctor Turbi

Desde el corazón de la marea un ángulo diferente es enfocado por Héctor Turbi, economista, activista social y dirigente de izquierda, quien considera que la marea verde “marca un importante hito en la lucha política y social del país por ser el más contundente cuestionamiento de los últimos años al modelo de dominación peledeísta”.

Hector Turbi junto a cientos de ciudadanos cuando exigen al presidente Danilo Medina el cese de la corrupción y la impunidad el10 de agosto, 2015.

En la mirada de Turbi “la irrupción de importantes núcleos populares en la lucha contra la impunidad le imprimen un mayor nivel de radicalidad a la lucha social y política”. En ese tenor señala que la marea verde “inaugura un nuevo forcejeo político donde la correlación de fuerzas se ha movido levemente y puede acelerarse más pronunciadamente en los próximos meses en detrimento del partido de gobierno”.

Sin embargo, Turbi, destacado por su lucha tenaz contra el proyecto de Punta Catalina instalado por el gobierno de Danilo Medina y el PLD en su comunidad natal, entiende que “en el movimiento ciudadano de protesta predominan las posiciones de los sectores de clase media con marcadas tendencias conservadoras”.

Un movimiento de largo aliento que se proponga la democratización profunda de la sociedad y el Estado, expresa el dirigente social y político, requiere “una alianza estratégica estable entre los sectores de clase media más radicalizados (especialmente la juventud) y los sectores populares que tímidamente insinúan su irrupción en el escenario político”.

Anselmo Muñiz

En otra dirección y desde la militancia política ciudadana, Anselmo Muñiz expone que “en el éxito de la marcha por el fin de la impunidad subyacen sus propios límites”. En su visión “una diversidad de actores con proyectos políticos opuestos y posiciones de poder asimétricas solo han podido articularse bajo la sombrilla de un discurso rayano en la anti política para así poder ignorar momentáneamente esas diferencias”.

No obstante, Muñiz estima que “al momento de dar cuerpo a esta lucha y decidir en qué dirección continúa esas diferencias (tanto de objetivos políticos, como de relaciones de poder) saldrán a flote y será necesario tomar partido en una u otra dirección”. 

Anselmo Muñiz en un momento de la marcha por el fin de la impunidad.

La predisposición de muchos sectores de la sociedad dominicana a evitar la confrontación política (que debería ser el pilar de la democracia) jugará, según el joven dirigente político, en favor de aquellos actores con una posición inicial más fuerte, como son las élites económicas que buscan domesticar a los empresarios-políticos del PLD y reafirmar su posición dominante.

“Otro límite que subyace en el éxito de la marcha” –valora- “ha sido su conformidad con las reglas de la gobernabilidad peledeísta. Parte del éxito político del partido gobernante se debe a su capacidad para reafirmar la hegemonía conservadora arrastrada desde el trujillismo y sedimentada en la antipolítica”.

Para Muñiz así es como “el PLD ha logrado condicionar, no sin la ayuda de las élites empresariales y religiosas, la acción de su oposición en la sociedad civil y los partidos políticos”.

El planteamiento de Muñiz va más lejos cuando advierte que “al imponerse la visión de que debe siempre respetarse el orden establecido, quien controla ese orden y lo viola impunemente siempre tendrá las de ganar, pues una parte importante de quienes se le oponen claramente han establecido de ante mano hasta dónde están dispuestos a luchar, es decir, dentro de los límites de las reglas establecidas por el enemigo”.

Como puede notarse algunas de las corrientes submarinas de la marea verde están fluyendo en direcciones cruzadas y paralelas en un mismo tiempo político marcado por el protagonismo ciudadano.

El producto inmediato ha sido un remolino de actores y de voces que apenas comienzan a reconocerse en un diálogo democrático desmarcado de etiquetas, candidatos y agendas personales. Es, quizás, el principal resultado del 22E y al mismo tiempo la condición de posibilidad de que se convierta en un corte entre un antes y un después.

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