Soy un hombre privilegiado. Recibo tanto amor que un día de estos voy a poner una tienda de abrazos y besos aunque me tilden de ridículo. Como todo ser humano tengo mis batallas, mis deficiencias, he sufrido y he celebrado, he vivido tratando de mantener el equilibrio.

Soy un romántico de corazón, sentimental profesional, de los que lloran en el cine y fuera del cine, soy un llorón con licencia ad infinitum para las lágrimas. Cuando leo las noticias que me impactan paso horas para poder superarlas, me angustia mi país y me duele el mundo. Me produce una gran desolación el que mis hijos y nietos, el que todos los jóvenes, hereden este desastre de planeta que estamos construyendo.

Hoy me quiero confesar. Si ustedes son como yo, saben que frente a las guerras y la violencia podemos hacer muy poco, pues la naturaleza de la cual estamos formados nos impide algunas actitudes. Durante la revolución de abril del 65 opté por sumarme a la Cruz Roja ya que no podía pertenecer a ninguno de los dos bandos. Soy pacifista. Esgrimo que son las ideas y las convicciones las que tienen que luchar en todos los campos. Jamás la violencia. En las noches leía cuentos a los niños por la única estación de radio permitida, Radio ABC, y daba parte de los nombres de los muertos durante la guerra, y durante el día llevaba medicamentos y comida a aquellos que lo necesitaban. Una que otra vez sentí las balas rozar mi cuerpo, pero tenía el descaro de la juventud y la inmunidad de sentirme el más patriota de todos. Hoy han pasado los años y sigo creyendo que todas las guerras son inútiles y que en ellas se mueren los inocentes pues los verdaderos responsables escapan detrás de sus mentiras y engaños.

Ya que no puedo hacer mucho por lograr la transformación de mi país, intento solamente cambiar el entorno en que vivo. Tratar mejor a la gente que me rodea, aplicar la vieja oración de San Francisco –que comienza diciendo “donde haya odio que siembre yo amor”– a cada segundo de mi cotidianidad y vivir mi presente intentando cumplir como buen ciudadano respetando las leyes. Sé que la oración es un buen método, pero no todos creen en ella, además orar es válido, pero si va seguido de la acción es bendición. Orar y hacer.

Hoy amanecí una vez más intentando ser un mejor ser humano, al final esta noche pasaré revista a ver si lo he logrado. Mañana volveré a empezar con el mismo empeño y si por lo menos puedo mejorar el espacio en que habito, abrazar a alguien, extender mi mano, sentiré que he contribuido a mejorar este mundo en que vivo y de alguna manera habré transformado mi país, peor es no hacer nada y maldecir la oscuridad. Todos somos responsables.

Si cada uno de nosotros intenta mejorar su entorno, comenzando por su familia, sus amigos, sus vecinos, su barrio, sus compañeros de trabajo, nuestra patria será algún día la más hermosa… nada, hoy no me quise acostar sin decir estas cosas, perdónenme… es la edad.

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