Nuestra política, más hormonal que racional, está dominada por la adrenalina; las neuronas ni se enteran. Eso tiene su lógica: los que participan en ella lo hacen por interés propio, por aquello de que “por la plata baila el mono”.

Hoy me levanté con los perros en la cabeza; no por ocio, sino porque en estos días el ruido me ha martillado severamente los oídos.

Se dice que el espectro auditivo de los perros es de 20,000 a 65,000 hercios (tres veces el humano). Gracias a esa dotación escuchan emisiones de hasta diez kilómetros de distancia. Captan sonidos de intensidad muy baja, imperceptibles al oído humano, por eso en ocasiones los vemos excitados ladrando al viento sin razón aparente. Esa sensibilidad es matizada por el movimiento de sus orejas, soportadas por diecisiete músculos interactivos. Los ultrasonidos les causan molestias punzantes. La peor tortura para un perro no es el escozor de las pulgas, las laceraciones sarnosas o el cautiverio forzoso: es el ruido. Los enloquece. El día más trágico para la especie canina es el 31 de diciembre: la detonación pública de petardos le causa taquicardia, miedo descontrolado, sensación de irrealidad y en algunos casos infartos. De manera que, en tolerancia sonora, el perro es un héroe silencioso.

He comprendido como nunca la aflicción canina porque estos días han sido ruidosos. La aldea política ha estado muy nerviosa. Entramos en un trance delirante de efervescencia electoral. Me siento irritable, ansioso y con ganas hasta de ladrar. Nuestra política, aparte de banal, es fantoche. Ociosamente escandalosa; compulsivamente babosa. Y es que en una sociedad inmune al asombro “la noticia” es la mercancía más cara y escasa. Por eso cualquier bufón da titulares y marca trending. La palabra vale menos que el ladrido de un realengo, pero en el oficialismo cuenta con una plataforma mercenaria de bocinas muy caras.

Este fin de semana escuché con insistencia en la radio un audio ¡vendido y pautado como un anuncio comercial! Era la declaración de un ministro en la que afirmaba que “Danilo Medina es el mejor presidente de la historia dominicana”. Que lo diga otra persona con otra calidad no inmuta, pero si se trata de un funcionario activo (y sabrá Dios si con fondos públicos) es para ponerse a ladrar.

Los políticos hablan mucho y comunican poco. Otros hacen del silencio su mejor ruido. Escuchar parece ser un acto muy civilizado en un medio donde se le da razón al que habla alto. Aquí los histerismos son más persuasivos que los argumentos y tan concluyentes como las verdades. Nuestra política, más hormonal que racional, está dominada por la adrenalina; las neuronas ni se enteran. Eso tiene su lógica: los que participan en ella lo hacen por interés propio, por aquello de que “por la plata baila el mono”. Recuerdo a Arturo Pérez Reverte cuando escribió: “Los aplaudidores demagogos son aún más peligrosos y despreciables que los fundamentalistas. Al menos estos tienen fe”.

En la política se activan o reaccionan los instintos de defensa y no las ideas. Así, defender a un gobierno, por ejemplo, es eufemístico; lo que se busca no se puede tapar: cuidar un cargo, un contrato, un estatus o una oportunidad, por eso las críticas se interpretan como personales y la “razón colectiva” no deja de ser un pretexto retórico.

Hago, escucho y leo opinión pública y todavía no he dado, por ejemplo, con una persona influyente que defienda al Gobierno por algún interés distinto al propio o vinculado. Ni siquiera la lealtad es legítima; todo está tasado o es tasable. En contraposición, muchos hacen oposición para tener o hacer lo que le critican al Gobierno.

Hay mucha contaminación en los medios y en las redes. Y no solo es la altisonancia del discurso, sino la insulsez de lo que se comunica. El debate sustantivo, tenido como aburrido, gris y complicado, no convoca ni provoca. El morbo social es muy voraz y se nutre de chismografía.

Hace unas semanas se publicó el informe PNUD sobre la Calidad de la Democracia dominicana. Un documento que debiera pautar todas las reflexiones políticas y académicas para construir consensos autocríticos; fue noticia de dos días. Pocos se dieron por enterados. Sin embargo, la decisión del presidente de optar por una reelección prohibida tiene dos años en cartelera. Sus acrobáticos amagos de ir o no tienen en ascuas a un país, marginando temas de primera atención en beneficio de un gobierno que ha callado sus pecados más abominables. Nuestra política es un montaje de candilejas. Una comparsa de disonancia. Un circo de baratos pasatiempos. La filósofa y politóloga alemana Hannah Arendt escribió: “(…) La calidad teatral del mundo político se ha tornado tan patente, que el teatro podía aparecer como el reinado de la realidad”.

La radio es la fuente sonora más tóxica; aturde, exaspera y embrutece. En el aire, un alud de vocingleros atolondra el juicio, retuerce la verdad y fabrica tramas. Voces chillonas y ásperas frustran desde las seis de la mañana cualquier designio reflexivo. Opté por darles un golpe de Estado a algunos “gobiernos radiales”: los apagué. Me evité una carga sobrante de estrés. Y es que a pesar de sus hipersensibilidades los perros tienen mecanismos funcionales de defensa: ¡ladran para rebatir el ruido! ¿Y nosotros qué? ¡Mierda!

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