El fracaso más exitoso. Por José Luis Taveras

He sobrellevado la vida en una sociedad inmutable que agrupa a gente sometida y resignada. Su historia es un gerundio en el tiempo, un presente continuo, errante y repentino.

Nací con los nombres de quienes todavía hoy les dan titulares a las portadas; moriré al pie de sus inmortales epitafios. No se retiran, no abandonan, no sueltan, ni la muerte los arranca del poder. Son hechuras de un sistema cerrado, degradado y reciclado donde solo caben los favorecidos por las mismas conveniencias.

Mi historia se compendia en la suma de su paso: veintidós años de Balaguer, doce de Leonel, ocho de Medina (eso espero) y un tramo de alternancia de otros pocos que también pretendieron aferrarse. Los relojes han marchado inútilmente y el tiempo se durmió en la espera. En el 2020 este será nuestro futuro: Danilo, Leonel e Hipólito. Así será, y no es un aciago déjà vu, es eterno presente, algo así como una pesadilla donde las correrías despavoridas no avanzan ni los gritos más necesitados se escuchan. Nada ni nadie espantarán el desgano de una sociedad apocada; veremos a gente jubilosa ir a votar en tropel como si ese día alumbrara por primera vez la “democracia”. ¡Qué mediocridad más señorial!

Seguimos oxigenando un sistema agonizante. Los intereses de pocos y la apatía de muchos no lo dejan morir. Hemos consentido y construido irresponsablemente este estado de cosas. Y es que desde que el Estado se hizo hacienda y sus servicios negocio la participación política es una oportunidad cotizada donde los que llegaron adquirieron derechos perpetuos y los que ingresan pagan el precio de la plusvalía.  Pero ¡qué malos ciudadanos somos! lo sabemos y preferimos mirar para otro lado o hacer circo con sus desmanes. La misma vileza de un padre cuyo bolsillo se agranda con la prostitución de su hija.

Pero, pena del fanático que opine de esta manera porque para la genialidad liberal (esa que pontifica con teorías envasadas) la República Dominicana vive su mejor momento, tanto que los venezolanos vienen en manada con sus capitales, espantos y miserias, los puertorriqueños cambiaron el sentido de la diáspora, los hoteles del Este están atiborrados de turistas, las torres de la capital se mofan de la Brickell Avenue de Miami y el crecimiento económico nos convierte en el tigre del Caribe.

Ese es el veneno cerebral que nos inoculan los cortesanos del sistema; una red de opinantes públicos de todas las tallas y presupuestos. Los mismos que callan verdades tan claras como las que gritan que somos más pobres que en el 2000; que en apenas cuatro años la deuda pública se ha duplicado a pesar de que los ingresos fiscales del gobierno se han multiplicado por diez con relación al 2000; que solo en el 2008 el gobierno gastó dos veces y un tercio más que en el 2004 y que del 2008 al 2016 el incremento de los gastos corrientes fue de un ciento por ciento; que hemos decrecido en críticos índices de desarrollo humano con relación a los países más pobres de la región mientras otros se han congelado; que cerca de un millón de dominicanos vive con menos de un dólar diario; que el subsidio eléctrico se ha llevado desde agosto de 2004 hasta octubre de 2013 trescientos ocho mil millones de pesos mientras las generadoras le cobran al Estado una de las energías sucias más cara del mundo; que somos una de las economías más desiguales y concentradas del planeta; que el 40.5% del financiamiento bancario en este año estará destinado al consumo mientras los préstamos a la producción rondarán apenas el 11.5%. ¿Puede sustentarse una economía con consumos de tarjetas y feriecitas de carros?

¡Vivimos el éxtasis del fracaso más exitoso! con un Estado impedido de mantener una red de hospitales viables, un sistema educativo digno y una seguridad social humana. Nuestro futuro se ha quedado en manos de un nuevo pelaje de ricos impunes ante la dejadez de una sociedad fóbica llena de gente esquiva que se esconde de su propia cara, con miedo a sentir su miedo y a perder lo que no ha logrado. Gente vencida por la inapetencia sin más aspiración que no ser molestada, gente ideal para conservar helado el sistema e invariable su torcido derrotero, gente merecedora de su azarosa suerte.

Somos héroes en la inamovilidad, enanos en la audacia.  La inacción nos ha castrado las fuerzas. Cada quien está ocupado en su propio mundo como si fuera posible segregarlo del destino de todos. El problema más acuciante del pueblo dominicano es que se le ha olvidado pensar colectiva y orgánicamente. Cada quien gobierna su propio fragmento de una colectividad más sentimental que tangible.  Les hemos otorgado, por omisión, a un reparto de improvisadores el derecho a disponer de nuestra suerte; les hemos consentido impunemente sus excesos y aberraciones; les hemos hecho creer que son predestinados. Nuestra irresponsabilidad es históricamente inexcusable, generacionalmente  irredimible.

El historiador británico Arnold J. Toynbee decía que “la apatía puede ser superada por el entusiasmo, y el entusiasmo sólo puede ser despertado por dos cosas: en primer lugar, un ideal, que la imaginación tome por asalto, y en segundo lugar, un plan inteligible para llevar a la práctica ese ideal”. Tenemos el ideal: todos aspiramos a participar de los beneficios de un verdadero desarrollo; nos falta el plan. Este es el asunto medular en la dialéctica de nuestro pensamiento social: planear el cómo antes de decidir en el quién. Nuestra crisis no es de hombres; es de ideas, de planes socialmente concertados, de pactos vinculantes a los que se aten los sujetos del Estado y las políticas públicas.  El caudillismo es la expresión política más sintomática de la crisis de las ideas y del colapso de las instituciones; un exceso de la confianza de los pueblos en sus líderes por la falta de fe en sus propias capacidades. No necesitamos redentores ni iluminados; precisamos planeadores. Se nos ha hecho tarde para cerrar ciclos y borrar nombres; no dejemos que los ímpetus alucinados de los instintos sociales impongan su imperio, aunque quizás así, bajo su sombra, nazca por fin el entusiasmo que nunca ha parido la desidia acomodada. Si ese es el plan, entonces, adelante, sigamos indiferentes, por ser la ruta más rápida y segura para llegar a ese desenlace. ¡God bless Dominican Republic!

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