El pasado lunes inició el conocimiento del caso Jet Set con la audiencia preliminar a los hermanos Antonio y Maribel Espaillat, propietarios de la discoteca que colapsó en abril de 2025, acabando con la vida de más de 230 seres humanos.
Después de mucho dolor, duelo colectivo, garantía económica a los acusados y negociaciones con familiares de las víctimas, nueve meses después del hecho es cuando se tratará de impartir justicia en un caso que acongojó más allá de nuestras fronteras y de vínculos con nuestro país o con las víctimas. Fue una tragedia nacional que tocó fibras sensibles de todo aquel conectado con su humanidad.
Sí, “se tratará de…”, puesto que lo sui géneris que fue esta primera audiencia ya nos muestra que ni un nuevo año, ni los cambios recientes en el sistema judicial han sido suficientes para hacernos confiar en la impartición de justicia. Para eso necesitamos ver sancionados a los culpables por la dimensión de sus crímenes y no por las penas que pudieran comprar.
En la audiencia preliminar, que fue aplazada para el 16 de marzo, se busca determinar si existen elementos suficientes para enviar a los imputados a juicio de fondo, o sea, que podría no haberlo y si lo hubiera podría tardar meses, extendiendo la incertidumbre de si los hermanos Espaillat pagarán por su negligencia, incluso años después.
Si la justicia no es oportuna, no es justicia. Y no se trata de venganza, sino de resarcir un mal, un dolor causado por la ambición, la insensibilidad, la falta de importancia que se le da a la vida humana y la irresponsabilidad.
Además de que la acusación presentada ha sido de homicidio involuntario, lo que llevaría a los implicados a cumplir pingües condenas en caso de ser encontrados culpables, la burla no se detiene, ni la de los imputados, ni la del sistema de justicia.
Hubo padres y madres que perdieron a sus hijos recién salidos de la adolescencia, otros a adultos jóvenes que apenas empezaban a vivir y niños quedaron en la orfandad por esta espantosa tragedia. Eran ellos los que gritaban “¡Asesinos!” a los acusados, pero no necesariamente por su negligencia, sino porque fueron responsables de la muerte de 236 personas y con dinero, hasta el momento, han podido comprar su libertad, lo que nos deja poco margen a la fe de esperar que en un virtual juicio de fondo sea diferente.
Desde ya la justicia ha fallado, y no bien ha sonado el mallete.
Pero, en verdad, ¿cuántos responsables hubo en esta tragedia? ¿Cuántas personas permitieron esto al no hacer su trabajo? ¿Cuántos, solapando a los responsables, colaboraron para encubrir o maquillar la verdad? Esos también son unos sinvergüenzas, que muy probablemente nunca pagarán por sus actos.
Mientras tanto, como pueblo, nos seguimos conformando con las sobras caritativas que deja caer el sistema para mantenernos entretenidos en la ilusión de que vivimos en una sociedad organizada y con instituciones funcionales al servicio de una nación, y siempre que lo sigamos permitiendo vamos a validar este tipo de atropellos que nos sumergen más en la impotencia o en el simple “deja eso así”.




