A quienes nacieron desde 1961 en adelante en la República Dominicana les dicen que viven en una democracia, justo porque ese año el país salió de una dictadura en la que los derechos de los ciudadanos estaban cercenados, las libertades secuestradas y el poder concentrado en un solo individuo: Trujillo.
La cleptocracia
A quienes nacieron desde 1961 en adelante en la República Dominicana les dicen que viven en una democracia, justo porque ese año el país salió de una dictadura en la que los derechos de los ciudadanos estaban cercenados, las libertades secuestradas y el poder concentrado en un solo individuo: Trujillo.
Pero a más de 60 años de esa apertura, la parte oriental de la isla no ha salido del total rapto de ese poder que debería radicar en el pueblo y no en la claque que lo ostenta. Es cierto que la nación ha avanzado económicamente respecto a los 31 años de satrapía, cuando era prácticamente un feudo manejado por un señor, pero social y políticamente la nación sigue en las cavernas a causa de la clase que la dirige.
Si el voto cada cuatro años es lo que define el poder del pueblo para transformar la sociedad, entonces sí, vivimos en democracia. Pero esos sistemas “libres” han avanzado a través de la historia, incluso hasta con el apellido de participativa, dando más acceso a los ciudadanos a involucrarse en la toma de decisiones sobre asuntos importantes de sus países.
También es real que leyes como la 176-07 sobre el Distrito Nacional y los municipios buscan mayor involucramiento de la gente en establecer las prioridades de los gobiernos locales para la realización de obras comunitarias, pero a casi 20 años de su promulgación son pocos los dominicanos que la conocen y mucho menos los que se interesan en ser parte de esas discusiones.
Las razones de esto son sencillas: falta de civismo (educación) y el interés de los políticos de no ser vigilados por los munícipes y mucho menos obligados a cumplir con la voluntad de quienes lo eligieron, sino la de ellos mismos. Un ejemplo de esto es el alcalde de Santo Domingo Oeste, Francisco Peña, que ha sido interpelado por el Concejo de Regidores de la demarcación y criticado por líderes comunitarios de no ejecutar un presupuesto que tampoco fue consensuado con los habitantes de la zona.
Pero el trasfondo de todo esto no es la libertad de actuación por parte de los líderes políticos, sino la búsqueda de réditos al margen de la ley, o sea, el robo, que no es exclusivo de alcaldías, ni de ministerios, sino de cualquier institución que maneja un mínimo de presupuesto al cual se le puede sacar algún beneficio haciendo negocios por la izquierda.
Pero a veces, lo que es necesario es un poco de creatividad porque hasta la nómina se utiliza para este tipo de tropelías. Se nombran a compañeros de partiduchos que sumaron dos o tres votos en la campaña y se venden boletos de una rifa falsa para terminar supuestamente captando fondos para el partido extraídos de la nómina pública financiada por el dinero de los pendejos.
Eso es robo, eso es corrupción, que la vemos manifestada de una y otra forma en la administración pública de forma cada vez más innovadora.
El dominicano está tan acostumbrado a ver este tipo de denuncias que ya las toma a chiste, y que encima los funcionarios tienen la cachaza de limpiarse achacándolas a fake news que buscan dañar su “pulcra” imagen”.
Hechos como estos demuestran que la patria de Duarte terminó siendo gobernada por pandillas y ladrones que quieren vivir a costillas del pueblo por creerse un poco más inteligentes.
En su discurso del 27 de febrero el presidente Luis Abinader debería hacer un mea culpa y renombrar la democracia dominicana como una cleptocracia, convirtiendo al país en el primero que en lograr dicha admisión y la asunción de ese sistema, con lo que se dejaría de tomar el pelo a mucha gente.
Pero a más de 60 años de esa apertura, la parte oriental de la isla no ha salido del total rapto de ese poder que debería radicar en el pueblo y no en la claque que lo ostenta. Es cierto que la nación ha avanzado económicamente respecto a los 31 años de satrapía, cuando era prácticamente un feudo manejado por un señor, pero social y políticamente la nación sigue en las cavernas a causa de la clase que la dirige.
Si el voto cada cuatro años es lo que define el poder del pueblo para transformar la sociedad, entonces sí, vivimos en democracia. Pero esos sistemas “libres” han avanzado a través de la historia, incluso hasta con el apellido de participativa, dando más acceso a los ciudadanos a involucrarse en la toma de decisiones sobre asuntos importantes de sus países.
También es real que leyes como la 176-07 sobre el Distrito Nacional y los municipios buscan mayor involucramiento de la gente en establecer las prioridades de los gobiernos locales para la realización de obras comunitarias, pero a casi 20 años de su promulgación son pocos los dominicanos que la conocen y mucho menos los que se interesan en ser parte de esas discusiones.
Las razones de esto son sencillas: falta de civismo (educación) y el interés de los políticos de no ser vigilados por los munícipes y mucho menos obligados a cumplir con la voluntad de quienes lo eligieron, sino la de ellos mismos. Un ejemplo de esto es el alcalde de Santo Domingo Oeste, Francisco Peña, que ha sido interpelado por el Concejo de Regidores de la demarcación y criticado por líderes comunitarios de no ejecutar un presupuesto que tampoco fue consensuado con los habitantes de la zona.
Pero el trasfondo de todo esto no es la libertad de actuación por parte de los líderes políticos, sino la búsqueda de réditos al margen de la ley, o sea, el robo, que no es exclusivo de alcaldías, ni de ministerios, sino de cualquier institución que maneja un mínimo de presupuesto al cual se le puede sacar algún beneficio haciendo negocios por la izquierda.
Pero a veces, lo que es necesario es un poco de creatividad porque hasta la nómina se utiliza para este tipo de tropelías. Se nombran a compañeros de partiduchos que sumaron dos o tres votos en la campaña y se venden boletos de una rifa falsa para terminar supuestamente captando fondos para el partido extraídos de la nómina pública financiada por el dinero de los pendejos.
Eso es robo, eso es corrupción, que la vemos manifestada de una y otra forma en la administración pública de forma cada vez más innovadora.
El dominicano está tan acostumbrado a ver este tipo de denuncias que ya las toma a chiste, y que encima los funcionarios tienen la cachaza de limpiarse achacándolas a fake news que buscan dañar su “pulcra” imagen”.
Hechos como estos demuestran que la patria de Duarte terminó siendo gobernada por pandillas y ladrones que quieren vivir a costillas del pueblo por creerse un poco más inteligentes.
En su discurso del 27 de febrero el presidente Luis Abinader debería hacer un mea culpa y renombrar la democracia dominicana como una cleptocracia, convirtiendo al país en el primero que en lograr dicha admisión y la asunción de ese sistema, con lo que se dejaría de tomar el pelo a mucha gente.



