A través de los años, el gobierno del pueblo, resumido a democracia, se ha degradado a un simple eufemismo, luego de haber nacido por allá por Grecia como una idea política innovadora y revolucionaria. En la actualidad, alcanzar el poder en estos sistemas no es otra cosa que encumbrarse para aplastar a los electores y desarrollar agendas particulares movidas por el egocentrismo en vez de las necesidades de una sociedad.
Este concepto de más de dos mil años de historia ha ido evolucionando a través del tiempo a la par del crecimiento de las sociedades donde se implementa, lo que hizo cada vez más difícil su ejecución literal. De ahí, en la Edad Contemporánea surge su hija:la democracia representativa, que establece la elección de un individuo llamado a velar por los electores que lo seleccionaban para ocupar un cargo.
Un ejemplo palpable son nuestros honorable congresistas, los que supuestamente representan a una comunidad más pequeña con un grupo de necesidades comunes. Sin embargo, ha quedado demostrado que este modelo no es más que una repartición del pastel político para acumular más poder y distribuir recursos entre compañeros de partido. Si cree que no es así, pregúntese cuál es el regidor o el diputado que me representa.
Ante este fiasco al que hemos sido sometidos por décadas surgió en República Dominicana en el pasado reciente el concepto de democracia participativa, hermana de la anterior, que viendo lo infuncional que resultaba ser su pariente proponía más participación de ese pueblo que está llamado a gobernar.
Este nuevo modelo empezó a dar a luz por los años 80 del siglo pasado cuando nuestro país recién empezaba a liberarse de regímenes autoritarios, donde hablar de democracia era risible. En República Dominicana, el primer mecanismo relacionado a este tipo de democracia se estableció en la Constitución de 2010 con el referendo consultivo, que permite a los ciudadanos agruparse para proponer iniciativas o revocar algunas ya establecidas, sin embargo, a 16 años los intentos de su aplicación han sido fallidos e incluso han perimido en el Congreso Nacional en múltiples ocasiones.
Y es que en esta pseudo democracia que vivimos cualquier propuesta que dé un poco más de poder a la ciudadanía es mal vista por el sistema que nos oprime. No importa si reunir cientos de miles de firmas es difícil o que un grupo de ciudadanos se unan para proponer ideas que redunden en una mejor sociedad; la mera posibilidad de que eso pueda suceder aterra a un sistema basado en la manipulación y el clientelismo.
Como de igual forma da miedo la posibilidad de una persona fuera del sistema que se convierta en una opción de poder al capitalizar el descontento generalizado de los dominicanos con la clase política criolla, que cual bolos y coludos siguen en un tira y afloja descarado de la cosa pública. La respuesta a esa posibilidad: vetar las candidaturas independientes del ordenamiento jurídico dominicano, limpiándose la rabadilla con la sentencia del Tribunal Constitucional que había abierto el camino para que quienes se interesaran en aspirar a cargos públicos al margen de los desgastados partidos políticos pudieran hacerlo.
En fin, cualquier intento que esta claque que nos gobierna vea como una amenaza a su feudo lo impedirán, con el propósito de que veamos en ellos nuestra salvación de la perdición a la que ellos mismos nos conducen. Aunque son un mal innecesario y del que podríamos empezar a prescindir, ellos se aferran a los redituables carguitos que les da el poder para seguir haciendo negocios con el presente y el futuro de los dominicanos.
Solo nos dejan el camino de salir a la calle a todos y por muchas razones, porque no hay salida por las buenas a este voraz sistema al que nos tienen sometidos.




