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lunes, junio 15, 2026

Cuando el semáforo estorba… o mejor dicho, cuando no lo dejan trabajar…

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Por: Bryan Herrera
Economista

A simple vista, esta imagen parece una obra de arte. Un cuadro urbano lleno de colores, movimiento y textura, pareciera un Van Gogh. Podría estar colgado en una galería y muchos dirían que es una representación artística del caos de la ciudad.

Pero no lo es.

Es la escena que vemos todos los días.

En la mañana, cuando vamos al trabajo. En la tarde, cuando intentamos regresar a casa. Carros detenidos, filas interminables, bocinas sonando y un agente de tránsito haciendo señas mientras el semáforo queda prácticamente de adorno.

Y la pregunta es inevitable:

¿Para qué invertimos en una red semafórica si no la vamos a dejar funcionar?

No estoy diciendo que los agentes de la DIGESETT no sean necesarios. Claro que lo son. Cuando hay accidentes, averías, inundaciones o situaciones especiales, su presencia es fundamental.

Lo que no entiendo es por qué se ha vuelto tan común ver agentes sustituyendo semáforos que aparentemente están funcionando.

Muchas veces uno va avanzando y el tránsito fluye relativamente bien hasta llegar a una intersección donde alguien decide tomar el control manual. A partir de ahí comienza el caos. Se detiene una vía durante demasiado tiempo, se acumulan vehículos, se bloquean los cruces y, en cuestión de minutos, aparece un tapón donde antes no lo había.

Lo más curioso es que para eso mismo se instalaron los semáforos: para organizar el flujo vehicular de manera continua, con tiempos calculados y coordinados entre una intersección y otra.

Entonces, ¿por qué insistimos en apagarlos en la práctica?

Los tapones de Santo Domingo no desaparecerán por arte de magia. Tenemos más vehículos, más desplazamientos y una ciudad que crece cada día. Pero también es cierto que muchos de esos tapones parecen empeorar cuando se interrumpe el funcionamiento normal de sistemas que fueron diseñados precisamente para evitarlos.

Lo que no termino de entender es si el problema es que no confiamos en los semáforos, si estos no están correctamente sincronizados o si simplemente falta coordinación entre quienes administran el sistema y quienes están en las calles dirigiendo el tránsito.

Porque si los semáforos están bien programados, deberían funcionar. Y si no están bien programados, entonces ahí está el verdadero problema.

¿Estamos ante una falla tecnológica o ante una falla de gestión?

¿La red semafórica no está coordinada o no la estamos dejando operar como fue diseñada?

Mientras encontramos la respuesta, los ciudadanos seguimos perdiendo tiempo, combustible y paciencia atrapados en tapones que muchas veces parecen completamente innecesarios.

Porque al final, cuando uno ve una imagen como esta, no ve una pintura.

Ve tiempo perdido.

Ve combustible desperdiciado.

Ve productividad atrapada en una intersección.

Y vuelve a hacerse la misma pregunta:

¿Cuál fue el sentido de invertir en una red semafórica moderna si al final no la vamos a dejar trabajar?

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