Escrito por Leonardo Gil
Hay elecciones que se deciden por simpatías personales. Hay otras que se deciden por ideologías. Y hay algunas que terminan siendo mucho más grandes que los candidatos que aparecen en la boleta.
La primaria demócrata del Distrito 13 de Nueva York pertenece a esta última categoría.
Quien observe la contienda desde fuera podría pensar que se trata simplemente de una batalla entre el congresista Adriano Espaillat y su retadora Darializa Avila Chevalier. Sin embargo, dentro de amplios sectores de la comunidad dominicana la discusión es muy distinta.
La conversación no gira alrededor de Adriano.
Gira alrededor de la representación.
No son pocos los líderes comunitarios, empresarios, profesionales y activistas dominicanos que reconocen en privado que mantienen diferencias con Espaillat. Algunos cuestionan su estilo político. Otros consideran que durante años ha ejercido el liderazgo con una marcada concentración de poder. Incluso hay quienes entienden que su relación con distintos sectores de la comunidad ha estado marcada por la distancia y la prepotencia.
Sin embargo, muchos de esos mismos críticos terminan llegando a una conclusión aparentemente contradictoria: quieren que gane.
No porque estén votando por Adriano Espaillat como individuo.
Están votando por lo que representa su presencia en Washington.
La razón es simple. La política estadounidense es una estructura de poder. Y en esa estructura, las comunidades inmigrantes avanzan lentamente, generación tras generación, acumulando espacios de influencia que luego utilizan para defender sus intereses.
La comunidad dominicana tardó décadas en llegar hasta donde está hoy.
Desde los primeros inmigrantes que llegaron a Nueva York en las décadas de 1960 y 1970, pasando por la conquista de espacios municipales y estatales, hasta alcanzar finalmente un asiento en el Congreso de los Estados Unidos.
Ese asiento tiene nombre y apellido hoy: Adriano Espaillat.
Pero para muchos dominicanos no pertenece únicamente a Adriano.
Pertenece a una comunidad entera.
Por eso la posibilidad de una derrota genera preocupación incluso entre personas que no son particularmente cercanas al congresista.
Lo que temen no es la salida de Adriano.
Lo que temen es la pérdida de una cuota de poder político conquistada durante décadas de esfuerzo colectivo.
En política, los símbolos importan.
Y el hecho de que exista un dominicano sentado en la Cámara de Representantes tiene un peso que va más allá de cualquier votación legislativa específica. Representa acceso, visibilidad, influencia y capacidad de interlocución.
Representa la certeza de que cuando se discuten asuntos relacionados con inmigración, relaciones con la República Dominicana o políticas que afectan a millones de latinos, existe una voz dominicana en la mesa donde se toman las decisiones.
Los sectores progresistas que apoyan a Avila Chevalier argumentan, con razón, que ninguna comunidad puede considerar un cargo público como patrimonio propio. La democracia exige competencia, renovación y rendición de cuentas.
Ese argumento es legítimo.
Pero también es legítima la preocupación de quienes observan esta elección desde la óptica de la representación colectiva.
La pregunta que muchos dominicanos se hacen no es quién es mejor persona.
Ni siquiera quién tiene las mejores propuestas.
La pregunta es qué ocurrirá con el peso político acumulado por la comunidad dominicana si desaparece su principal figura federal electa.
Quizás esa sea la verdadera historia detrás de esta primaria.
No es una elección sobre Adriano Espaillat.
Es una elección sobre el lugar que los dominicanos ocupan dentro del mapa político estadounidense.
Por eso tantos votantes que tienen críticas hacia el congresista podrían terminar apoyándolo una vez más.
Porque para ellos, esta vez, no es por Adriano.
Es por la comunidad.




