Por Esperanza Benítez
Cada principio de año nos trazamos metas, objetivos, ilusiones. Promesas que hacemos con la esperanza de que este sí sea “el año”, el año en que las cosas mejoren, en que encontremos respuestas, en que nuestros hijos avancen, se estabilicen o simplemente estén mejor. Y todo eso es posible cuando aprendemos a detenernos, a mirar con calma y a dar pasos sostenidos en una evaluación previa.
En las familias que conviven con la discapacidad —especialmente con condiciones del neurodesarrollo— ese deseo suele traducirse en una búsqueda constante: una nueva terapia, un suplemento “revolucionario”, un protocolo prometedor, un examen que supuestamente lo aclarará todo. Basta con abrir las redes sociales para encontrarnos con testimonios, antes y después, listas de “imprescindibles” y mensajes que, aunque bien intencionados, pueden generar una enorme presión emocional y económica. Y es aquí donde necesitamos detenernos porque no todo lo que está de moda es necesario, ni todo lo que funcionó para otros es lo que nuestro hijo necesita en este momento. Mucho menos cuando esas decisiones implican comprometer la estabilidad financiera de toda la familia.
Tomar decisiones informadas no significa resignarse ni “hacer menos”. Significa evaluar con criterio, con acompañamiento profesional, con conocimiento del contexto clínico real de nuestro hijo y, también, con conciencia de nuestras posibilidades económicas.
En el camino del cuidado, el “sí a todo” puede convertirse en una trampa peligrosa. Una trampa que nos lleva a endeudarnos, a asumir compromisos que superan nuestras capacidades, a vivir bajo un estrés constante intentando sostener tratamientos, suplementos o intervenciones que quizás no eran prioritarias, urgentes o siquiera indicadas.
El sobreendeudamiento en estas familias no es un tema menor. No solo compromete el presente, sino también el futuro. Genera ansiedad, discusiones, agotamiento emocional y una sensación permanente de estar fallando, cuando en realidad se está haciendo lo mejor posible con lo que se tiene.
Es importante decirlo con claridad: endeudarse solo debería ser una opción frente a situaciones verdaderamente urgentes e impostergables, aquellas donde está en juego la salud o la vida. No por presión social, no por miedo a “quedarnos atrás”, no por tendencias que cambian cada pocos meses.
La salud financiera también es salud
Una familia financieramente desbordada vive en tensión. Y esa tensión se filtra en el hogar, en las rutinas, en el vínculo, en el acompañamiento que brindamos a nuestros hijos. Por el contrario, una economía organizada —aunque ajustada— ofrece algo invaluable: estabilidad. Y la estabilidad reduce el estrés. Y menos estrés, en estas familias, suele traducirse en mejores dinámicas, mayor capacidad de sostener procesos y un entorno más regulado para nuestros hijos.
Cuidar implica priorizar, decir “ahora no”. Cuidar implica decidir con cabeza fría y corazón firme.
Este inicio de año puede ser una oportunidad distinta: no para sumar más, sino para elegir mejor. Para preguntarnos, antes de cada decisión:
¿Esto es realmente necesario ahora?
¿Está indicado para mi hijo o solo es una tendencia?
¿Podemos asumirlo sin poner en riesgo nuestra estabilidad?
En ese contexto, vale la pena recordar que muchas veces, menos es más. Menos impulsividad, menos presión externa, menos ruido y menos urgencia; y más criterio, más pausa y más claridad para sostener el camino.
Porque cuidar también es aprender a elegir con responsabilidad, para que el camino que recorremos sea sostenible y no una carga imposible de sostener.
Sobre la autora
Esperanza Benítez Ramírez es madre cuidadora, trofóloga y fundadora de la organización Una Nueva Esperanza (UNE), dedicada a la defensa de los derechos de personas con trastornos del neurodesarrollo. Co-fundadora de Stimulart, centro terapéutico y educativo en Santo Domingo. Acompaña a familias desde la vivencia y el conocimiento técnico en procesos de intervención, crianza y educación alternativa.




