En filosofía existe la palabra “inmanente” que se refiere a algo que es inherente a un ser y que no se puede separar de su esencia porque es parte de ella. Como los instintos, por ejemplo, que se han aplacado con la civilización, pero son como “el negro detrás de la oreja” que llevamos los dominicanos, siempre están.
Así pasa con la corrupción, es parte de esa lucha interna entre el bien y el mal que día a día tenemos todos los seres humanos, y que no es exclusiva de un político o un empresario, es un antivalor que lleva dentro “todo el vivo” y que se manifiesta más en sociedades descompuestas como sucede en el mundo actual.
Tampoco es un problema exclusivo de República Dominicana. En un mundo donde cada vez más vales lo que tienes y no lo que eres, el deseo de reconocimiento que tenemos busca ser materializado a toda costa, lo que resulta peligroso cuando se suma a la pobreza moral, llevando a individuos a violentar las normas establecidas para simplemente alcanzar su objetivo, que en la mayoría de los casos en enriquecerse rápidamente.
En síntesis, la corrupción es humana, no es política, no es dominicana. Erradicarla es IMPOSIBLE porque para ello habría que prescindir de la propia raza humana. Lo que sí es factible es establecer ejemplos contra ella, con sanciones aleccionadoras, mecanismos de control que la reduzcan y establecer un sistema de justicia que no busque venganza, que no premie a ladrones y que tache de bandidos a quienes incurran en esa práctica.
Pero el corrupto no es solo el funcionario, es el agente de Digesett que pide dinero para no colocarte la multa que te ganaste o tú que se lo ofreces para que no te la coloque. Eres tú que prefieres pagar algo más barato en efectivo porque es sin impuestos sabiendo que es incorrecto o el empresario que para abaratar costos reporta salarios más bajos a la Seguridad Social, y pudiéramos seguir.
Si primero no elevamos la vara moral del pueblo reprogramando su percepción sobre la riqueza y la obtención de bienes materiales como un proceso que se da gracias al trabajo duro y a la disciplina y no aprovechándose del más pendejo, lograr un cambio real será difícil porque, ¿quién va a combatir la corrupción en un mundo país de corruptos?
Luego de ese paso necesitamos controles humanos y tecnológicos que cuiden el patrimonio del pueblo y detecte irregularidades que permitan establecer responsabilidades a quienes tratan de hurtar lo ajeno desde el Estado.
Pero lo más importante es tener un sistema de justicia robusto, oportuno, que no busque castigar por persecución política, sino por la necesidad de compensar daños, de devolver lo robado o penalizar severamente con prisión a los culpables porque al ser todos corruptos no vamos a evitar los casos, pero sí vamos a garantizar que con penas ejemplarizadoras y con castigos morales se sienten precedentes que disminuyan el dolo en la administración pública.
Tenemos nuevos jueces en la Suprema Corte de Justicia, tenemos grandes casos de corrupción iniciando el 2026, tenemos la oportunidad de empezar a transformar nuestra sociedad haciendo justicia real, sin retaliaciones, sin banderías políticas. Podemos empezar ahora a construir una sociedad menos desigual y más vivible para todos los dominicanos.




