Si usted está en el play y le abuchean, lo que manda el sentido común es que se haga el desentendido. Especialmente si lo que le gritan es “ladrón”. ¿Por qué se daría usted por aludido? Ofuscarse y pedir (o sugerir) que “tranquen” al enfadado es una salida de tono inaceptable y un reconocimiento de culpa. Es de muy mala educación ir por ahí encerrando gente.

Si usted es político en activo el desacuerdo con su gestión es más que una posibilidad. Si además es peledeísta, los frentes se le acaban de duplicar. Es más probable que le insulte un peledeísta del otro bando que un perremeísta, que por cierto, están bastante quitados de bulla…

Las cosas han cambiado. A partir de hoy es muy probable que los políticos con dudosa reputación (no entramos en discutir si es merecida o no) deban cuidar sus salidas. Y no, aumentar el grupo de guardaespaldas no aliviará la situación; la empeorará.

¿Cuál es el límite? El abucheo, negar el saludo, increpar, insultar, discutir… Hay límites que no nos podemos permitir traspasar. Una tarta de merengue en la cara ha sido un clásico en muchos países. En España los escraches son violentos, marca de la casa de Podemos y los separatistas vascos y catalanes. En Estados Unidos abuchean a Trump en cualquier lugar. Macron también ha parado los pies a más de uno…

Del abucheo al insulto se pasa fácil. Y del insulto a la violencia no hay prácticamente nada. Hablamos de “los muertos de campaña” cada cuatro años pero esta campaña ha comenzado con una virulencia muy particular que habrá que contener temprano.

Hay algo más. Incidentes como el que sufrió Camacho en el play son un síntoma de cansancio: la impunidad se tolera más cuando la economía va bien.

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