El abandono de Danilo Medina a la reelección es un bocadillo suculento que despierta el apetito de no muy pocos comensales. Cada día se acercan más invitados a la mesa. No sabemos qué tan larga será la fila, pero, por las pocas veces que se ofrece el bufé, se presume que rebose el salón de festejos. Además, la invitación requiere un protocolo de poca gala: tener sangre nueva. Pero ¡cuidado!, no se trata de una prueba de tipificación ABO ni de un hemograma. Es tan fácil como no llevar el ADN de Leonel Fernández: razón antitética del danilismo. Se abre así una temporada de calurosas distracciones en un verano electoral que no promete treguas.

Ya comenzaron las ofertas especiales con Gonzalo Castillo y Jean Alain Rodríguez, marcas recién fichadas en el catálogo fashion del oficialismo. Ahora suman ocho. Del lado opositor saldrán de las madrigueras toda suerte de roedores atraídos por el seco olor de las almendras.

Doña Margot, quien nunca ha disimulado sus suspiros, renegaría, si pudiera, a la condición que le ha dado cotización política: ser la esposa del candidato a vencer, portador de la sangre vieja. La prudencia la aguanta. Ahora es su hándicap. Sospecho su callado sufrimiento. Después de lo de “ganar-ganar” perdió hasta el apetito.

El bocadillo de Medina no solo es un mimo al paladar: provoca una sensación compulsiva que anula toda contención. Ese efecto ha puesto a desvariar a vejestorios sanguíneos como don Hipólito Mejía, quien se ha mantenido en cartelera a pesar de sus pocas butacas, por la promesa de Danilo Medina de tenerlo en reserva para cualquier contingencia. Medina es un avezado encantador que juega con las promesas e Hipólito un artesano de las mañas políticas, así que la espera no le crea presiones a ninguno. Basta con que se den las condiciones apropiadas, aunque solo sus instintos las sepan, para el intercambio de guiños y ¡listo! ¡Cuánta candidez en Gurabo! Lo cierto es que el veterano político madrugó, como es su costumbre, enviándole un recordatorio solidario al presidente con aquello de habilitarlo para el 2024: una pulida forma de decirle “yo estoy aquí”.

Ese mismo efecto contagió el veleidoso carácter de un político de sangre rancia, pero de nuevo look: Quique Antún, quien, como defensor furibundo de la Constitución, apela a la reforma que hace horas condenó, para, con otros aderezos, proponer también la habilitación de Medina para el 2024. ¡Que oportunismo más intrépido! A eso le llamo “adulancia preventiva”. Quique, como nuevo modelo robótico de los Transformers (generación millennial o GM) ha sufrido una alteración cibergenética que no solo ha refrescado su apariencia, sino que también ha acelerado su metabolismo político. Como Transformer no sabemos en qué mutará los próximos días. Vaya el reto de deconstrucción que le espera a los genios de Marvel.

Pero quien todavía sigue en ayunas es Miguel Vargas Maldonado. No bien adelantó la renegociación de su contrato con el Gobierno, este lo deja en la agencia libre. Lo triste o risible (según el ánimo) es saber si cuando Miguelito hizo su anuncio ya Danilo tenía la decisión de no repostularse. Así las cosas, me quedo varado en una duda: ¿Fue villano el presidente o servil Vargas Maldonado? La respuesta me recuerda mis exámenes de secundaria: pondría “las dos anteriores”. Total, para Miguelito eso es parte del negocio político. Servir de sambá no es un oficio que le moleste, siempre que lo dejen compartir del bocado. Desde ahora empezará a velar sobre la mesa, consciente de que no podrá esperar una buena ración con un “partido” que apenas cabe en los salones de “su” cancillería.

El bocadillo de Medina ha despertado la gratitud hasta de la más pálida marca de la oposición: Luis Abinader. Resulta que después de haber entrado con aire épico a los campos del Congreso para impedir la reforma constitucional, ahora deja a la voluntad de su partido la habilitación de Danilo Medina en una posible reforma constitucional. Unas de cal y otras de arena.  Y de eso sabe el joven político como empresario del cemento.

Resulta que ahora, apenas a días de una cruzada furibunda de defensa a la Constitución, sus mas enardecidos defensores pretenden festinar una modificación con temas que por su complejidad, trascendencia y sensibilidad ameritan tino, consensos y consultas de todo tipo. Este repentino activismo alentado para mimar al anfitrión dibuja, en trazos patéticos, la visión (¿o el hambre?) del liderazgo opositor vigente.  Todos quieren estar bien con Medina, explotando su valor residual. Resulta que el presidente, apenas a días de ser calificado como dictador, es el que hoy recibe los flirteos, halagos y coqueteos más inesperados, con tanto descaro que lleva a algunos hasta a prometerle en bandeja el 2024. Lo que hace el hambre de poder… Bocadillo que está bueno ese. ¡Buen provecho!

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