Una escena de hace algún tiempo muestra pedazos de la audiencia donde se conoció el caso de Renato de Jesús Castillo  regidor de Bayaguana, según la policía, mandado a asesinar por el síndico Nelson Osvaldo Soza Marte en el 2014. El caso fue bien conocido. No lo es tanto la tramitación judicial que muestra, sin disimulos, la podredumbre que es hoy la justicia dominicana en cualquiera de sus instancias, con cualquiera que sea la naturaleza del delito conocido. Desde primera instancia hasta la suprema, la justicia dominicana, da asco y así mismo dan asco todas las demás instituciones.

Pero hay un detalle a resaltar.

Corrupción hay en todas partes. Es verdad. En algunos países mas que en otros, en algunas instituciones mas que en otras y en algunos temas mas que en otros. Pero cada país, sin que esto equipare o excuse los niveles de corrupción dominicanos, ha logrado conservar, al menos, una o varias instancias e instituciones a las que se puede acudir con la razonable certidumbre de que será atendido y manejado correctamente. Esa función en España, la cumple, mas y mejor que ninguna otra, LA GUARDIA CIVIL que aunque no es policía propiamente dicho, cumple, empero muchas de esas funciones. Se sabe que en España los Populares son corruptos y que también lo ha sido el PSOE, que el franquismo todavía controla tribunales y que la memoria histórica de los españoles es objeto –todavía hoy- de encendido debate. Ayuntamientos, Cortes, tribunales, policía nacional o municipal en España todas están permeadas y contaminadas aunque repito, nada comparable a lo nuestro. Sin embargo, los españoles concuerdan en algo. La institución mas confiable por su profesionalidad, su rigor, sus normas de cumplimiento es la Guardia Civil y en tanto que así sea, los españoles tienen un referente, una última instancia, una opción antes del infierno. 

En Colombia, durante y después de los años del uribismo, los paramilitares y los narcos lograron corromper todo el sistema político, los organismos de seguridad e inteligencia, los cuerpos policiales y parte no pequeña de la administración pública, sin embargo, no lograron nunca descuartizar el poder judicial  ni siquiera después que en 1985 la mitad de los 25 jueces de la Suprema Corte resultaron muertos cuando el M-19 asaltó el edificio y tomó los jueces como rehenes. Pero si aquella fue una aventura izquierdista pocos años después todo el sistema judicial cayó bajo el acoso y la presión de la derecha para legitimar “los falsos positivos”, garantizar impunidad en la guerra sucia contra las guerrillas y proteger otros carteles de droga. Sin embargo, ni siquiera Uribe, con todo el poder que logró acumular pudo conseguir que la Suprema Corte de Justicia validara su aspiración a una reelección prohibida y tampoco pudo impedir que decenas de legisladores y funcionarios fueran enjuiciados por delitos y crímenes.

En la República Dominicana, a diferencia de España, Colombia y cualquier otro país conocido no hay una sola instancia donde el ciudadano común o la colectividad pueda acudir a reclamar justicia. Aquí no hay tribunal que se respete, cuerpo de policía o de lo que sea que inspire confianza, funcionario de quien se espere que diga la verdad o al menos una parte de ella. 

El desamparo de los dominicanos es total. No tenemos instancia ni referente donde acudir pero seguimos creyendo y pregonando que somos un pueblo luchador y cuya vocación democrática merece mejor destino. Hasta prueba en contrario, no es verdad que somos ese pueblo, aunque lo hayamos sido en el pasado y volvamos a serlo mañana.

Hace apenas una semana, a finales de la mañana de un día laborable, bajo la sombra copiosa de un almendro, un grupo de 17 hombres jóvenes, pobres, areteados como el ganado, rapillados como los mohicanos del norte, imitando los guerreros del futuro de George Miller, vándalos en su aspecto, crápulas en la expresión, basura en los gestos, irremediablemente ociosos se divertían a costa de los transeúntes. Los vi, los medí y concluí: todos juntos, molidos, prensados y colados no dan un hombre, ni siquiera la esperanza de un hombre. Me di cuenta, de que ese cuadro está en todas partes, campo, barrio, ciudad. Hay todo un país hecho crápula. No hay un país en el mundo de Pedro Mir. Mentira, nos engañamos. La conducta de Danilo Medina y los suyos es un reflejo del cuerpo social; su alter ego, nosotros estamos a la altura de la basura que nos gobierna. 

Un acto de exorcismo, sangre derramada, sacrificios olvidados, una patria de mentira, una sociedad de cartón y una apabullante convicción que rehúsa abandonarme: la de que las culpas de esta sociedad no se redimen sin sangre.

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