Somos Pueblo – En la República Dominicana llevamos años, por no decir décadas, intentando resolver problemas como la basura, el tránsito y la energía eléctrica. Cambian los planes, cambian las autoridades, aumentan los presupuestos, se compran equipos, se anuncian soluciones “definitivas”. Sin embargo, los resultados siguen siendo, en el mejor de los casos, parciales y temporales.
¿Por qué?
Porque hemos estado atacando los síntomas, no la enfermedad.
Pretendemos resolver el problema de la basura recogiendo más desechos, sin cuestionar por qué se generan de la manera en que se generan ni por qué terminan donde no deben. Intentamos mejorar el tránsito ampliando vías o colocando más agentes, sin enfrentar la raíz del comportamiento ciudadano ni la débil aplicación de las normas. Y en el caso de la energía, seguimos concentrados en la oferta de generación y subsidios, mientras las pérdidas, la informalidad y la cultura de no pago continúan debilitando todo el sistema.
La realidad es incómoda, pero evidente: estos problemas no son únicamente técnicos ni operativos. Son el reflejo de fallas más profundas en nuestra cultura cívica, en la calidad de la educación y en la fortaleza de nuestras instituciones.
Pero sería un error simplificarlo todo diciendo que “falta educación”. La educación, por sí sola, no transforma una sociedad si no está acompañada de reglas claras, consecuencias reales y sistemas bien diseñados. Un ciudadano educado en normas que no se cumplen termina adaptándose al desorden. Y un sistema que premia al que incumple castiga al que hace lo correcto.
Por eso, la solución no puede seguir siendo parcial, ni improvisada ni a corto plazo.
Necesitamos abordar estos desafíos desde arriba y desde abajo, de manera simultánea y coherente.
Desde arriba, con políticas públicas firmes, instituciones que funcionen y un régimen de consecuencias que se aplique sin excepción. No puede ser opcional cumplir la ley. No puede salir más barato violarla que respetarla.
Desde abajo, con una apuesta decidida por la educación y la formación en valores cívicos. No como un eslogan, sino como una práctica sostenida: en las escuelas, en los hogares, en las empresas y en la vida cotidiana.
Y, además, con un rediseño inteligente de nuestros sistemas. Ciudades mejor planificadas, servicios más eficientes, reglas que alineen los incentivos. Porque cuando el sistema está mal diseñado, el desorden deja de ser una falla individual y se convierte en una consecuencia colectiva.
Mientras no entendamos esta combinación – educación, institucionalidad y diseño, seguiremos atrapados en el mismo ciclo: invertir más, prometer más… y resolver menos.
El país no necesita más diagnósticos ni más parches. Necesita decisiones.
Decisiones que incomoden, que rompan inercias y que enfrenten de raíz las distorsiones que hemos tolerado por demasiado tiempo. Recuerdo cuando se empezaron a construir los elevados y túneles de nuestra ciudad capital. En aquel momento, bajo críticas y dudas, se utilizaba un eslogan tan simple como visionario: “hoy son problemas, mañana son soluciones”. Hoy, años después, basta hacerse una pregunta honesta: ¿cómo sería la situación del tránsito en Santo Domingo si esas obras no se hubiesen ejecutado?
Porque gobernar no es administrar problemas: es resolverlos.
Y resolverlos implica asumir el costo político de ordenar, de hacer cumplir la ley y de apostar por transformaciones profundas, aunque no siempre generen aplausos inmediatos.
Si seguimos evitando esas decisiones, la basura seguirá acumulándose, el tránsito seguirá colapsando y la energía continuará siendo una de las principales barreras para la competitividad y el desarrollo.
Pero si decidimos actuar con firmeza, como Estado y como sociedad, todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo.
La pregunta ya no es cuál es el problema.
La pregunta es si, de verdad, estamos dispuestos a enfrentarlo.



