La humanidad se acerca rápidamente a un punto de no retorno. La Inteligencia Artificial (IA) está comenzando a adentrarse en casi todos los aspectos de la vida social. Las máquinas se están volviendo más inteligentes y pronto superarán la inteligencia humana por completo. El cambio se está acelerando, lo que significa que las transformaciones sociales se están produciendo en períodos de tiempo más cortos, todo impulsado por el crecimiento exponencial de la computación. Si bien existen grandes desafíos técnicos para alcanzar la «inteligencia general» (igual o superior a la humana), las aplicaciones de machine learning están cada vez más presentes en nuestra vida cotidiana. La naturaleza exponencial de la IA, como lo demuestra la Ley de Moore, nos plantea el desafío más grande de nuestra historia como especie: la decisión entre utilizar la IA para el progreso colectivo o utilizarla para la destrucción social. Esto, en última instancia, será definido por las acciones políticas que tomemos como sociedad.

La promesa de la IA llega con riesgos sin precedentes para la humanidad, al igual que brinda oportunidades impensables de mejora y bienestar. El progreso humano es amplificado por la IA, mientras que al mismo tiempo podríamos enfrentarnos a un invento catastrófico que en última instancia sería la herramienta de nuestro propio perecer. Estos dos escenarios opuestos, ambos con iguales probabilidades de que ocurran, presentan a la humanidad el mayor desafío que jamás haya enfrentado: la elección entre usar la IA para nuestra propia destrucción, o usarla para trascender e ir más allá de nuestras limitaciones preconcebidas. Este problema sobre el futuro de nuestra especie será  el dilema político más importante en las próximas décadas, ya que el cambio tecnológico es y será la fuerza determinante de la evolución social en el Siglo XXI.

Los riesgos asociados con el surgimiento de la IA son oscuros y peligrosos. La posibilidad de que la esta tecnología sea utilizada de manera descontrolada como herramienta de guerra podría ser fatal para el futuro de la humanidad. Grupos malintencionados y terroristas podrían tener acceso, o incluso desarrollar su propio algoritmo a medida que el costo del software siga cayendo. Los poderes autoritarios podrían usarlo fácilmente para manipular a los ciudadanos y los disidentes. Actualmente, el gobierno chino está utilizando el análisis de Big Data para realizar un seguimiento de sus ciudadanos, incentivando el comportamiento que creen que es apropiado para su idiosincrasia. Si la IA termina siendo utilizada para rastrear el comportamiento de los ciudadanos a voluntad de la demagogia, no pasará mucho tiempo antes de que veamos una tecnocracia totalitaria en la que la tecnología ponga fin a los derechos fundamentales.

Las amenazas mortales a los derechos humanos asociados con el mal uso de la IA plantean a la sociedad contemporánea su desafío más serio. El despliegue de la IA en la esfera pública podría significar la muerte de la privacidad, ya que los algoritmos de machine learning utilizan una gran cantidad de información personal sobre las personas. El hecho de que la IA requiere  una vasta cantidad de datos significa que las implicaciones para la privacidad son aún mayores. Las apps usualmente contienen información sobre los usuarios que probablemente prefieren mantenerla en privado. Los registros de salud, los intereses individuales y el gusto personal pueden ser seguidos y  predecidos por los gobiernos, corporaciones e individuos. Aunque esto no es intrínsecamente negativo, las formas en que podría manipularse pueden ser aceleradas por la IA.

Por este motivo, hago un llamado a que el desarrollo de Inteligencia Artificial sea el principal foco estratégico de las políticas públicas en las próximas décadas. La forma en que aprendamos a manejar los desafíos técnicos de la Inteligencia Artificial, al igual que sus implicaciones sociales y políticas, debe ser  nuestro objetivo principal en las próximas décadas. Que sobrevivamos a la tragedia social y ambiental dependerá directamente de la forma en que usemos la tecnología de machine learning en nuestro mundo hiperconectado. Si la IA creará un caos social y dejará a millones de trabajadores desempleados y sin ingresos, o liberará a la humanidad de trabajos aburridos y repetitivos y nos llevará a la próxima etapa de nuestra evolución, dependerá en última instancia de la acción política emprendida para gestionar estos cambios. Cuando digo política, no solo me refiero al gobierno y al Estado, sino a todas las decisiones que tienen un impacto significativo y que pueden escalar a la sociedad.

En este sentido, quiero enfatizar que la forma en que respondemos a la tecnología es un tema político. Cuando digo que la tecnología es política, no estoy sugiriendo que debamos regularla toda, ni la estoy convirtiendo en un tema partidista. Lejos de eso, estoy diciendo que la tecnología, y en particular, la Inteligencia Artificial, debe estar sujeta a un debate público claro. Contrario de hacer un llamado para restringirla, es una propuesta para democratizar la IA. Los desarrolladores, los usuarios y los representantes políticos deben participar en la esfera pública para definir el enfoque adecuado que debemos tener con respecto a las implicaciones de la IA en la sociedad. El marco regulatorio y los modelos de incentivos para el desarrollo de la IA deben guiar a los desarrolladores de esta tecnología a proteger los derechos humanos y mejorar la vida de las personas.

Hago un llamado a la creación de incentivos inteligentes que puedan llevar a los desarrolladores de IA en la dirección del bien común. Al mismo tiempo, deberíamos promover el debate sobre el análisis de innovación en investigación y desarrollo (I + D) y tecnología de código abierto (open source). Debemos lograr un equilibrio adecuado entre garantizar que los desarrolladores se beneficien de su innovación y poner a disposición del dominio público las tecnologías que salvan vidas. Este es un argumento a favor de la democracia misma. Se trata de quién tiene el poder y dónde se encuentra. ¿Debería la IA estar en manos de unos pocos gigantes, o debería estar disponible para que todos la usen? ¿Quién traza la línea y cómo hacemos gestión de riesgo? ¿Cuál será la relación entre lo técnico y lo político? ¿Cuánto debemos gastar en ciberseguridad? Estas son las preguntas que debemos impulsar en el nuevo contexto político en un mundo de cambios exponenciales. Tenemos que hacer de la previsión el marco de referencia para la gobernanza, donde comencemos a abordar los desafíos como parte de sistemas integrados y complejos, en lugar de eventos particulares y aislados.

Muchos tecno-optimistas esperan que la humanidad tenga éxito en el tratamiento de la IA basandose en enfoques reduccionistas y de pura fe. La mayoría de los tecno-optimistas asumen que todo saldrá bien, y que «de alguna manera» lograremos superar estos desafíos. Este argumento, aunque comprensible, responde a los intereses de aquellos que prefieren tener la tecnología en su poder, y le resta importancia a la acción política para determinar la dirección que tomará la IA. Así como esto es un llamado a la acción, es un llamado al secularismo y la razón. El inmenso potencial que la IA le brinda a la humanidad no debería cegarnos ante los profundos riesgos asociados a su desarrollo. La Inteligencia Artificial es poder, y como todo poder, hay quienes lo quieren para sí solos. En lugar de dejarle el futuro de la IA a la fe, debemos actuar de manera decisiva para incentivar el tipo de tecnología que creará un futuro sostenible. A medida que el costo marginal de producción informática se reduce a cero y se reproduce libremente, la IA se extenderá a todos los aspectos de la interacción humana, incluso a aquellos temas fundamentales para encontrar sentido y lo que significa ser humano.

La humanidad está en una gran encrucijada. Estamos presenciando inmensos riesgos y desafíos, a medida que los problemas ambientales y sociales aumentan, mientras que al mismo tiempo podemos imaginarnos un futuro de abundancia y orden donde la humanidad se libere del trabajo y la miseria. Aunque la experiencia nos enseña que probablemente el futuro refelajará ambos escenarios, la forma en que gestionamos sus implicaciones políticas determinará el destino de la Inteligencia Artificial, y de paso, el destino de nuestra especie. En los próximos años surgirán nuevas luchas políticas relacionadas con las diferencias filosóficas en relación con la IA. El movimiento ludita (anti tecnología) seguirá creciendo y el tema de la tecnología será más político. Los temas como el transhumanismo serán tan debatidos como es el aborto en la actualidad, a medida que grandes luchas sociales comenzarán a chocar.

El gran desafío del Siglo XXI es encontrar nuevos modelos de gobernanza que puedan gestionar las complejidades de tiempos exponenciales. No pasará mucho tiempo antes de que comencemos a notar los cambios irreversibles que la IA está haciendo a la condición humana. Depende de nosotros si la Inteligencia Artificial signifique que la humanidad trasciende a niveles más altos de progreso y orden, o si viviremos en el peor de los infiernos. La lucha por la trascendencia es política, ya que nos enfrentamos a dos direcciones opuestas sobre el futuro de nuestra especie. Los riesgos de la IA solo pueden reducirse si dirigimos nuestros esfuerzos para fortalecer los beneficios y aprovechar las oportunidades. Los beneficios solo superarán los riesgos si tomamos la acción política adecuada para prevenir una catástrofe global. Por esa razón, es importante que tomemos medidas laicas y racionales para garantizar un futuro más justo.

El futuro de la humanidad depende de lo que hagamos hoy, y en nuestro mundo hiperconectado, nuestras ideas pueden tener un impacto global.

Jean García Periche

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