¡Hola, Monchy! No sé si te acuerdas de mí. Lo digo por aquello de que el poder aleja y en ocasiones nubla la memoria. Pero pierde cuidado; no quiero importunarte con necias reprensiones. Tampoco pido favores, esos que sorteas como rutina de despacho con la gracia de tu esquivo carácter. Me embelesa tu don para dejar siempre conformes a quienes te piden algo, aunque la respuesta venga con un no. Eres un genio toreando, de ahí tu éxito como burócrata. Dudo conocer a otro político tan aceitoso y suspicaz. Nunca caes en gancho y te cuidas mejor que una tortuga, siempre detrás de esa apariencia campechana que te sirve de concha.

Para que no te pongas “chivo” y me niegues anticipadamente lo que quiero, te revelo el propósito de esta nota. Cuando dejaste de verme yo llevaba un corte de pelo clásico. Me he dejado crecer la melena a su antojo para aquietar en parte los resabios de mi andropausia; sin embargo, para no dar la apariencia de un mendicante, a veces les doy cortes a las puntas. Voy al tema: quiero pagarte una “peladita caliente” en Villa Vásquez y de paso comernos un chivito picante de la Línea. Creo que, aunque modesta, vale la pena la escapada porque tus comelonas de crustáceos ahogados en licores frente a una bahía del Atlántico merecen ser templadas con ingestas menos calóricas. Además, los mariscos, si bien potencian la libido, se encariñan grasosamente de las papadas.

La escogencia de la barbería no es caprichosa ni convoca a más motivos que los que les diste cuando, sobreponiéndote al morbo de las redes, advertiste, lo que parecía insólito no notar: ¡una barbería con cámaras y aire acondicionado en Villa Vásquez! ¿Y a quién se le ocurre? Un lugar extraviado en la memoria del progreso cuya mención más honorable ha sido el grito poético de Juan Luis Guerra de que “llueva café”.

Para evitarte las sorpresas te adelanto lo que pudiese ser el tema de la sesión. Hablaríamos sobre seguridad interior. Esa actividad a veces indescifrable que desafía la ocupación de las agencias de investigación con tareas tan riesgosas como rastrear la vida privada de los opositores; proteger a las amantes oficiales; interceptar las líneas privadas de gente clave; archivar las fichas de los clasificados como refractarios del Gobierno; celar los intereses del Palacio para evitar que se escurran informaciones comprometedoras; monitorear la situación personal, fiscal y financiera de gente adversa al Gobierno; en fin, llevar las cuentas de la vida subterránea del poder. Me imagino que en ese sótano se desenvuelven las oscuras decisiones de tu despacho en coordinación con agencias más baratas del comadreo como el DNI que no llega al nivel de la barbería de Villa Vásquez.

Ya sospecho, Monchy, y quiero que me lo confirmes, si tales mandos no se ocupan de la delincuencia de poca monta como la que hacen esos muchachos que los gringos insisten en llamar capos ni pierden tiempo para vigilar los trasiegos fronterizos de la chuchería más diversa como armas automáticas, licores, droga y uno que otro haitiano. En esa lógica entendí por qué el departamento de operaciones estructuradas de Odebrecht mantuvo su centro mundial de sobornos a pocas cuadras del Palacio Nacional y Joao Santana recibía, a través de la banca nacional, fondos triangulados de Brasil y Perú como pago por servicios prestados a favor de presidentes como Danilo Medina. Eso era tan irrelevante para la seguridad interior que en otros países con las mismas impotencias institucionales se han abierto procesos penales en los que han caído expresidentes mientras que aquí se promueve la habilitación constitucional de uno de los que recibió más ayuda de Joao Santana ¿o de Odebrecht?

Presumo que en lo que respecta a los narcos la única obligación formal de las autoridades locales es entregarlos en extradición para salir de las fastidiosas agencias norteamericanas. Claro, es un “problema americano” cuyo gobierno federal tiene que lidiar con veintiocho millones de adictos, sesenta y seis millones de alcohólicos y una muerte por sobredosis de heroína cada diecinueve minutos. En nuestro caso, esos muchachos si no son héroes lo deben declarar porque le aportan movilidad a la economía, números al crecimiento, fuerza al consumo y mantienen aireada la competencia política.  Por eso sus actividades son protegidas por los centros de poder al punto de que escondieron a su jefe en las propias narices de la DEA. Obvio, hay que guardarle las apariencias al imperio del consumo y permitirles a sus oficiales hacer en el país todo lo que los locales resienten. Pero lo más cómico es ver a un procurador reivindicando como propia una investigación armada, estructurada y montada por la DEA y el FBI. Finalmente, Monchy, me provoca una pregunta: ¿No estará escondido César el Abusador en Villa Vásquez?  ¿Quieres ir?

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