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martes, enero 20, 2026

Los que aprendieron a esperar

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Hermanos que crecen acompañando una realidad que no se elige

Por Esperanza Benítez

En muchas familias atravesadas por la discapacidad hay una verdad difícil de admitir: mientras uno necesita más, otro aprende a necesitar menos. No porque quiera, es porque entiende que no hay espacio.

Los hermanos no siempre reciben el diagnóstico, pero sí reciben el mensaje. El mensaje de que hay prioridades, de que hay urgencias, de que hay tiempos que no alcanzan para todos. Y entonces aprenden a esperar. No como una virtud, sino como una estrategia para no estorbar.

Esperar a que termine la terapia.
Esperar a que pase la crisis.
Esperar a que haya energía, calma o disponibilidad.
Esperar sin hacer ruido.

Muchos hermanos desarrollan una sensibilidad especial. Aprenden a leer silencios, a respetar ritmos distintos, a comprender que no todos los días son iguales. Se vuelven empáticos, atentos, con una capacidad temprana para ponerse en el lugar del otro. Esta es una realidad que existe y que suele destacarse. Pero no es la única. Junto a esa fortaleza, también hay renuncias silenciosas: Renunciar a pedir. a quejarse, a necesitar.

Aprenden —muchas veces sin que nadie se los diga— que hay emociones que deben esperar, que no es buen momento para sumar carga, que “después vemos”. Y ese después, en no pocos casos, se posterga indefinidamente.

En algunas familias ocurre algo más profundo y menos visible: hermanos que asumen responsabilidades que no les corresponden por edad ni por lugar en la estructura familiar. No porque alguien se los imponga, sino porque la dinámica los empuja.

Hermanos que cuidan, median, protegen, calman, sostienen emocionalmente. Que entienden antes de tiempo. Que crecen rápido. No por madurez elegida, sino por contexto.

Este fenómeno —conocido como parentificación— no surge por falta de amor ni por descuido deliberado. Aparece, muchas veces, en familias que están haciendo lo mejor que pueden en condiciones difíciles, con escaso acompañamiento externo y una carga sostenida en el tiempo.

Lo que muchas veces no vemos es lo que esa espera va dejando por dentro. Hermanos que
aprenden a regularse solos demasiado pronto. Que minimizan lo que sienten porque “no es tan grave”.

Que desarrollan una hiperresponsabilidad emocional: cuidan, entienden, sostienen… incluso
cuando nadie se los pide.

Algunos crecen con ansiedad silenciosa. Otros, con culpa por necesitar. Otros, con dificultad
para poner límites, para pedir ayuda, para reconocerse como prioridad en su propia vida.

Hay hermanos que, ya adultos, descubren que les cuesta descansar, confiar, ocupar espacio, permitirse fallar. No siempre lo asocian a su infancia. Pero muchas veces tiene que ver con haber aprendido, desde muy temprano, que había que estar bien… para no desordenar más la casa.

Este no es un texto para señalar a las familias. Es un texto para detenernos un momento y mirar sin defensas. Quizás tu hijo es “el que entiende”. El que no reclama. El que no pide. El que no da problemas. Pero entender no es lo mismo que no necesitar. Y no pedir no es estar bien.

A veces, el hermano que parece más fuerte es el que aprendió antes a callar. A esperar. A hacerse pequeño para que el sistema familiar no se rompa. Y esa adaptación, aunque parezca funcional, no siempre es gratuita.

Reconocer a los hermanos no significa restar atención a la persona con discapacidad. Significa ampliar la mirada. Entender que un acompañamiento verdaderamente humano no puede ser parcial. Nombrarlos importa. Escucharlos importa. Crear espacios propios importa.

Pequeños gestos pueden marcar grandes diferencias: preguntar cómo están, validar emociones sin culpa, agradecer la ayuda sin convertirla en obligación, proteger su derecho a seguir creciendo a su propio ritmo y recordarles —de forma explícita— que también son parte central de la familia.

No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de no volverlos invisibles. Acompañar a un hijo con discapacidad es una tarea inmensa. Nadie lo duda. Pero acompañar a todos los hijos es parte de ese mismo cuidado. Los hermanos no necesitan padres perfectos. Necesitan padres que, aun en medio del caos, puedan mirar y decir: “te veo, tú también importas”. Porque nadie debería aprender a desaparecer un poco para que otros puedan sostenerse.

Sobre la autora

Esperanza Benítez Ramírez es madre cuidadora, trofóloga y fundadora de la organización Una Nueva Esperanza (UNE), dedicada a la defensa de los derechos de personas con trastornos del neurodesarrollo. Co-fundadora de Stimulart, centro terapéutico y educativo en Santo Domingo. Acompaña a familias desde la vivencia y el conocimiento técnico en procesos de intervención, crianza y educación alternativa.

�� Epebenitez1@gmail.com | IG: @epebenitezr | X: @EsperanzaBenRam

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