Por Giovanni D’Alessandro
En las democracias, las grandes obras públicas suelen estar sometidas al debate, la crítica y el escrutinio ciudadano. Así ocurrió durante la construcción del Metro de Santo Domingo en administraciones anteriores, cuando la oposición de entonces cuestionó costos, prioridades y procedimientos, como es legítimo en un sistema plural. Hoy, quienes ejercen el gobierno ocupan ese lugar de responsabilidad y enfrentan un desafío similar. La forma más efectiva de prevenir cuestionamientos futuros es conducir estos procesos con transparencia, apego a la legalidad y evaluaciones técnicas rigurosas desde su concepción, acompañadas de información suficiente y accesible.
La ausencia de estos elementos, como se ha señalado en torno al proyecto del Monorriel de Santo Domingo, conduce inevitablemente a controversias que pudieron evitarse. Un ejemplo de ello es el reportaje publicado en la edición de octubre de 2025 de la revista Panorama, firmado por Kirsis Díaz (páginas 6 y 7), donde se examina el proceso de licitación del monorriel y se mencionan plazos considerados inusualmente cortos, así como la presunta ventaja para determinadas empresas. En ese contexto, también se recogen los cuestionamientos de la Comisión de Infraestructura del partido Fuerza del Pueblo, que solicitó la suspensión del proceso alegando supuestas irregularidades, falta de transparencia y condiciones que afectarían la libre competencia.
En la misma edición, el editorial institucional de Panorama, titulado “Voltee su mirada hacia el monorriel, presidente” (página 2), plantea un llamado directo al presidente de la República para que revise con detenimiento el desarrollo de este proceso, dada su trascendencia para el futuro urbano del país.
A estas observaciones se suman análisis críticos publicados en distintos medios nacionales que alertan sobre el riesgo de adoptar soluciones de transporte que no respondan a la complejidad urbana ni a las necesidades reales de movilidad del Gran Santo Domingo. Desde esta perspectiva, se advierte que decisiones de esta naturaleza pueden generar impactos estéticos, ambientales y psicológicos negativos, degradando el espacio público y la calidad de vida, y transformando la ciudad en un entramado de estructuras rígidas que priorizan la obra sobre la experiencia urbana cotidiana.
Algunos de estos análisis señalan que la proliferación de infraestructuras elevadas podría profundizar la fragmentación de una ciudad ya visualmente saturada, imponiendo una lógica constructiva que no siempre se traduce en eficiencia ni sostenibilidad. Se contrasta este escenario con modelos de transporte público masivo bien planificados, integrados al entorno urbano, estéticamente cuidados y ambientalmente responsables, como los desarrollados en ciudades que hoy son referentes internacionales en movilidad.




