No advierto diferencia entre machismo y brutalidad: una simbiosis siniestra. Para mí comparten raíces. Es más, si se me ocurriese alguna idea caprichosa diría que el machismo es el abordaje de la mujer a partir de la brutalidad del hombre. Un macho es ante todo una “señora” bestia, con la desventaja de que, a diferencia de cualquier otra, es una condición discernida. En palabras más directas: nadie es paciente o víctima del machismo. El macho es un ejercitante activo, pleno y consciente de su condición. No en vano el ensayista mexicano Carlos Monsiváis escribía que “el macho es la barbarie inevitable.”

No se “padece” de machismo; el hombre se hace macho. Quizás solo en esa superficie es donde se separa de la brutalidad: no se elige ser bruto, pero sí macho. Y, obvio, no aludo a la ideología erigida sobre la “superioridad del hombre” como la premisa más torcida de los tiempos. No. Eso es cultural y no pretendo discurrir sobre sus aberradas razones. Al menos en esta entrega. Me quedo con el retrato del macho como sedimento de una de las concepciones más primitivas de la humanidad.

Distingo dos tipos: el formado bajo condicionamientos imperativos de familia y el que asimila sus patrones culturales para tapar una naturaleza quebradiza. Al primero le llamo “militante” y al segundo “profesante”. En ambos el machismo es la coraza ideal para cubrir su inseguridad. Quien milita es porque ha tenido quiebres de vida o reproduce modelos aprehendidos; quien profesa es porque necesita validar una identidad débil con sus estereotipos de fuerza.

Como paradoja resulta que, a pesar de ser culturalmente asociado a la fuerza y al dominio, el macho, en su razón etimológica, parte del vocablo latín mascŭlus para referirse al cachorro de sexo masculino. ¡Vaya usted a ver! El macho, pretendido como una condición poderosa del género, emerge de una palabra tan frágil y menuda como “cachorro”. Perdón, pero ¡el macho es un perrito! Y ¡vaya con la coincidencia!, porque en el fondo el machismo es un montaje de bravura, una barata parafernalia de señorío, una dramaturgia hueca hecha justo para quien carece de esas condiciones. Insisto: en el macho yace ¡un perrito!

El macho tiene una valoración muy pobre de sí. Necesita de constantes autoafirmaciones. En esa negación precisa de aquellos estereotipos que definen la primacía del hombre. En ellos se escuda, se expresa y se revalida. Solo así se siente hombre. Sin esos andamiajes se estima como lo que es: un ser apocado, intrascendente y de pobres construcciones en vida y carácter.

El macho es un resentido; no se acepta a sí mismo. Esa inconformidad es maniática y lo empuja a sobreponerse con la fuerza de la intolerancia y la violencia. Por eso no acepta a una mujer realizada en aquellos desempeños que constituyen sus debilidades o frustraciones. Eso es una provocación constante a su sobrestimada suficiencia. En eso no se adapta, no consiente, no deja pasar. Precisa de una mujer sumisa, anulada y dependiente que no cuestione su soberanía ni tome iniciativas. Una mujer que acepta un macho y se somete a su dominio teniendo libre elección es paciente de alguna psicopatología.

El machote, en su condición más poseída, merece el cuidado social de un enajenado. Es un peligro de convivencia y como tal debe ser tratado. Es el que no acepta un no, el que ha perdido sentido racional para discernir los riesgos de sus hechos y el que actúa bajo las fuerzas más primitivas de los deseos.

El problema estructural es una sociedad vencida por el machismo como postulado cultural de convivencia que, cuando no consiente, ignora sin un sistema adecuado de respuestas para la violencia de género. Vivimos una tragedia callada. Laten las historias encadenadas de tantas mujeres sojuzgadas que terminan rendidas a la muerte por los designios de un macho a quien, en su sadismo, no le satisface con extirpar sus vidas, sino también las de sus hijos y la propia. Solo nos queda el eco de sus desazones y quizás el lamento por las omisiones de quienes, llamados a evitar, nunca lo hicieron.

Pero lo más grave es que nos estamos acostumbrando a esa barbarie con una normalidad tan espantosa como los hechos que la prohíjan. ¿Y qué decir de los niños y niñas que, tatuados con la sangre de la muerte, crecen con el resentimiento guardado en sus enfados en contra de una sociedad impávida? Lo que estamos viviendo es una tragedia inédita que revela en toda su hondura la crisis de un sistema quebrado.

Parece que el macho cuenta con el mérito y el derecho para imponer sus complejos, caprichos y depredaciones en una sociedad omisa e irresponsable, con tanto o más impunidad que los políticos, esos que también ejercen a su antojo otro machismo rancio e infecto: el del poder. Cuando una sociedad consiente a sus políticos con la destemplanza de la nuestra ¿qué no les tolerará a sus machos? Apenas le falta gritar a voces: ¡que viva el macho!

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