Esta es la historia de Simba, un niño que, como creía que su papá era un dios, él se sentía como Jesús, el mesías y heredero al trono.
Un día, a Simba lo pusieron en una casa grande para inventar cosas útiles para la sociedad, y lo más genial que se le ocurrió fue quitarle impuestos a las toallas sanitarias. Aunque su imagen es bien valorada, se le relaciona con los mismos discípulos de su padre, de los cuales el pueblo no quiere saber nada.
Tras seis años en esa casa grande, Simba ha terminado mezclándose con sus colegas cobrando mucho y haciendo poco, aunque sin salir tan embarrado como muchos de ellos.
Su paso por ese lugar ha sido una vitrina que lo promueve ya no solo como heredero, sino como un sustituto inmediato de su “inmaculado” padre de cara a las próximas elecciones. Pero, como de tal palo tal astilla, él no habla de eso, y deja que soplen los vientos.



