Siendo esa la condición que ampara a Danilo Medina y bajo la cual, reverentes y obedientes, debemos someternos podemos prescindir de algunas formalidades a las que se refirió, en lenguaje memorable por la ignominia, Julio Cesar Castaños Guzmán el presidente de la Junta Central Electoral garante anticipado de la voluntad y de los deseos presidenciales no así de la ley. No es posible disputar, desmentir ni cuestionar la santidad de Medina quien, según Castaños fue “ungido” por el voto mayoritario resultante del fraude electoral mas importante y mejor estructurado en la historia dominicana. Esa condición privilegiada y única de haber sido ungido impide, en su lógica vergonzante, que dicho señor y el cargo que fraudulentamente ostenta sean cuestionados sino que, y además, promete castigos inenarrables para quienes lo hagan y sus descendientes y rehúsa de antemano prestarse  a organizar cualquier proceso electoral que, derivado de lo anterior, procurara un cambio legal e institucional. Ya Marino Zapete se ocupó  de desmontar el discurso de ese juez que merece en verdad palabras aun mas duras de las ya proferidas por Zapete porque no es solamente charlatán, parcializado , irresponsable y sobre todo canalla.  Julio Cesar Castaños Guzmán, es un hombre que tiene el mas mínimo respeto por si mismo. ¿Cómo podríamos esperar que lo tuviera para con nosotros?

Danilo Medina, como los buzos que se ganan la vida en los vertederos, ha demostrado una destreza singular para identificar aquellos ejemplares sin valía ni valores, sin mérito ni carácter de los cuales servirse trayéndolos a la función pública.  Por mas grande y extenso que sea el vertedero en el cual nos hemos convertido, siempre resulta una tarea arriesgada y no sin cierta laboriosidad la escogencia de personas de las cuales se espera un comportamiento a tono con el lugar de donde fueron encontrados y para las funciones que les son encomendadas. Es un mérito de Danilo Medina que nunca falla, siempre trae a la administración pública gente con las mismas características, personajes que el sabe escoger, piezas que el sabe que no lo abandonarán, que jamás respetarán principios sino complicidades, gente que como el no vacilan en arrastrarse ni conocen las escrúpulos. Muchos jefes mafiosos incluyendo al mítico Vito Corleone pudieran aprender de Medina esa extraña destreza.

Y no se crea nadie que es tan simple la cosa. En la selva las fieras huelen el miedo de sus presas, reconocen en su orina la presencia del otro y resultan incapaces de rehusar el olor de la sangre. Es como los tiburones en mar abierto. Solo ellos están equipados con la sensibilidad de oler la sangre aun estando disuelta en millones de partículas y lo que no es menos relevante, el ojo premonitorio y penetrante de las aves de rapiña que meciéndose al compas de los vientos identifican la muerte de otro animal en tierra antes de que esta ocurra, la presienten, la saben y pacientes, esperan que la presa muera para tras el velatorio, hacerse de sus carnes y acompañar la ingesta con la fetidez de la carroña.

Danilo Medina no está “ungido” como pretende Castaños, pero si está equipado con una cualidad importante para el y desafortunada para nosotros: el sabe lo que quiere y disfruta la ventaja que deriva de nuestras incompetencias. Haber pedido su renuncia es un derecho que nos asiste y un reclamo ciudadano legítimo y antes que prematuro, es tardío pero hacerlo fuera del contexto y del momento oportuno es una estupidez. De todos modos, la reacción del poder, la vergonzante perorata y la absurda bravuconería de ese juez miserable no logran despejar la nube: la idea de que Medina debe renunciar ya fue admitida como elemento del debate nacional. Ahora con mayor énfasis y razón que nunca, se debe insistir en pedirle cuentas que el no puede rendir y reclamar respetos que el no puede garantizar. Castaños Guzmán necesitó de una sola intervención para ilustrarnos hasta donde ha calado el reclamo de renuncia y para demostrar, sin asomo de dudas que, el no está preparado ni calificado para presidir ningún proceso electoral.

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